Yrama Capote: Defender el patrimonio forestal desde el hacer

yrama capote
Foto: Mauricio López

Por Cheo Carvajal | @caracasapie

Caracas es una ciudad verde. Eso dicen todos. Así es como luce. Pero sin dudas en su proceso urbanizador ha ido perdiendo masa vegetal. Esta pérdida no tiene que ver solo con nuevos urbanismos, son muchos los factores que se llevan por delante nuestros árboles. Y esta merma no ocurre solo en zonas periféricas de Baruta o El Hatillo, también ocurre en La Alta Florida. Más aún: en el eje vertebral de Caracas, al borde de la autopista, se han eliminado árboles, de Caricuao a Petare. Y en avenidas como la Francisco de Miranda, frente al mismísimo parque del Este. No solo desaparecen porque los talan, sino porque no tienen tratamiento fitosanitario, o no son podados regularmente ni de manera adecuada. No cabe duda: aunque parezca verde, Caracas necesita gente dispuesta a defender los árboles ante tanta irracionalidad.

Yrama Capote es una de esas personas. Nos recibe en la puerta del vivero del Grupo Ecológico San Pedro. Antes de entrar, me señala con indignación lo que sucede a escasos 40 metros: una cuadrilla de hombres está alrededor de unas rolas de caoba recién cortada. Me pide que hable con el ingeniero, que retomó hace una semana la tala de los árboles marcados en la orilla este del río Valle, por donde se supone seguirán las obras de ampliación de la autopista Valle-Coche. Menudo contexto para esta entrevista. 

Una vez adentro me entrega copia de un expediente (12.728-09, del 3 de marzo de 2010) del Tribunal Décimo Sexto de Primera Instancia en funciones de control del Circuito Judicial Penal del Área Metropolitana de Caracas. En ese momento lograron, apelando a la Ley Penal del Ambiente, una medida “precautelativa que ordena la interrupción y prohibición en la parroquia San Pedro (municipio Libertador) de actividades de poda y tala que no estén debidamente autorizadas, que aquellas que tengan autorización de la Alcaldía de Libertador sean notificadas por escrito con al menos 48 horas de anticipación a la junta parroquial de San Pedro, y ordena que la Guardia Nacional Bolivariana vigile las zonas señaladas. El expediente insta, además, a notificar a la Misión Árbol de esta medida y a la Alcaldía del municipio Libertador a hacer cumplir el artículo 19 de la Ley de Bosques y Gestión Forestal para realizar programas y obras de protección y recuperación del Patrimonio Forestal Municipal.

Fue un precedente interesante, pero es fácil intuir cuánta atención le brindaron a esa decisión de los fiscales ambientales. En la parroquia han caído árboles por centenas bajo la excusa de que Caracas es lo suficiente verde como para aguantar estas pérdidas, o porque se promete reponerlos, promesa casi siempre incumplida.

Yrama defiende los árboles de quienes los amenazan, pero también se encarga de llenar los múltiples vacíos que van quedando en la parroquia donde vive. No es botánica, ni ingeniera agrónoma o forestal, es licenciada en Educación y se dedicó a dar clases de metodología de la investigación en la Academia Militar, donde se jubiló en 1999. Su formación en materia de árboles es autodidacta y por cosas de la vida: nació en San Casimiro, y cuando tenía 10 años, en 1960, su madre fundó un vivero de árboles frutales, que funcionó hasta 1999. Fue allí donde comenzó su recorrido al lado de los árboles. “Yo fundé la parte ornamental de aquel vivero, que fue una importante referencia en el estado Aragua, los ingenieros agrónomos lo ponían como ejemplo. Desde entonces me he sentido muy identificada con los árboles”. A esta Caracas, que va viendo convertirse en “una selva de cemento” llegó a los 15 años, y ya suma 66. Vive en Los Chaguaramos.

¿Cómo surge el Grupo Ecológico San Pedro (GESP)?

—Al principio éramos solo dos personas, pero en el 2008 quedamos formalmente constituidos como asociación civil sin fines de lucro. Al principio pusimos una mesita (señala al lado de la reja que separa este espacio de la calle), con pequeños árboles que me daba Sadarbol (Sociedad de Amigos del Árbol). Esto era un parque que habían abandonado y fue tomado por personas en situación de calle. La mesita desapareció en el 2014 y eso fue un trauma para mí y para las personas que trabajábamos aquí. Entonces fui al Concejo Municipal y resulta que ahí estaba Eliécer Otaiza, que lo había conocido cuando di clases en la Academia Militar. Le hice una solicitud para un número de plantas. Nos dieron este rincón, pero luego nos fuimos ampliando, recuperando todo el espacio que estaba convertido en un basurero.

Su función es proteger la vegetación, y debo dejar muy claro que es una labor de equipo. Participo con amigos nobles, muy esforzados, que trabajan ad honorem, especialmente Lérida Navas, Eduardo Cudisevich, Teresa Arquiadez, Jorge Vásquez, Luis Enrique Carrillo, además de buenos vecinos y voluntarios de otros lugares de Caracas que han conocido de nuestra labor por las redes sociales. Creo firmemente en el trabajo colectivo, porque un solo palo no hace montaña. Es un vivero “ucevista” (risas), porque prácticamente todos los que estamos aquí somos de la UCV, hay dos arquitectos, un ingeniero agrónomo, una licenciada en Educación, y aquí vienen muchos estudiantes a realizar su servicio comunitario. Ya han pasado por acá más de 200, de diversas carreras.

¿Cuán importante es el activismo ambiental en una ciudad como la nuestra?

—Nosotros tenemos una experiencia interesante, inclusive desde antes de que existiera el vivero. Aquí dábamos charlas. Inclusive una de las señoras de las que tomaron la decisión judicial que te mostré, vinieron a la parroquia. Nosotros constituimos una red de vecinos que se moviliza para defender los árboles, de hecho, existe la Asociación de Vecinos de San Pedro y ellos nos llaman cuando están talando o podando. Siempre nos enteramos cuando hay una amenaza. Personalmente, he bajado un poco el perfil, porque me estaba haciendo daño el estrés de ponerme frente a una gente que viene a talar con sus máquinas. Antes la Guardia Nacional nos apoyaba, pero eso ya se acabó, no hay apoyo, estamos como en el aire.

¿Ante la talas no hay apoyo institucional?

—De ningún tipo. Yo me confieso impotente ante este señor que está talando (señala hacia la ribera del río, donde el MTTOP retomó la tala de frondosas caobas). Igual vamos a hacer un documento que llevaremos a la Fiscalía, a ver si de repente dentro de un año lo llaman.

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Foto: Mauricio López

Enfrentarse a estas cuadrillas de instituciones del Gobierno, sin apoyo institucional, sin margen de maniobra con la Fiscalía, es cuesta arriba. Por eso Yrama confiesa que el activismo en el que se han concentrado es el del apadrinamiento de los árboles. Nos señala un Urape rosado que está floreado en la esquina y nos explica que tiene su padrino. Nos habla de un árbol que se cayó cerca de un taller mecánico, y que en esa ventana van a sembrar uno que apadrinará “el señor Pedro”. Dedicarse a la resistencia, ante las arbitrariedades tiene en estos tiempos un costo enorme, no obstante, hace un par de semanas Yrama publicó en Facebook fotos con sus vecinos con pancartas, protestando ante nueva oleada de tala que amenaza a la parroquia. 

También siguen su trabajo formativo con los estudiantes del servicio comunitario, con escuelas cercanas, con vecinos: cómo hacer un compostero (tienen uno grande de donde sale casi la totalidad de la tierra para abonar sus plantas), cómo sembrar, cómo trasplantar. La estrategia parece más bien la de acercarse a los que trabajan en las obras para que al menos no se lleven por delante los que ellos plantaron en la ribera del río. Y seguir formando, sensibilizando, creando conciencia. “Aquí vienen niños de una escuela, que tienen parálisis, y es una experiencia extraordinaria porque salen contentos. Viene mucha gente y no nos damos abasto, porque esto es un voluntariado, nadie nos paga, esto es amor al arte”.

¿Las escuelas están formando para la defensa de nuestro patrimonio forestal?

—Creo que no, lamentablemente. Te doy un dato: casi la totalidad de los árboles que hemos sembrado frente a las escuelas los han eliminado. Nos hemos encontrado con directores que nos piden que los quitemos. Una directora nos había pedido que diéramos una charla y realizáramos una actividad en su escuela, luego sembramos ocho árboles al frente, y desaparecieron. Los repusimos y volvieron a desaparecer. Cuando vienen de las escuelas nos dicen: “el Ministerio de Educación nos obliga a tener un huerto escolar”. Nosotros los ayudamos. Los niños salen de aquí con sus potecitos con su matica, pero eso se diluye un poco. Ni siquiera están enseñando a los niños a cantar el himno al árbol. No veo un esfuerzo sostenido, serio, hacia eso.

Don José Francisco de Cañes y Merino, gobernador de Caracas allá por 1715, le hizo la guerra a los árboles, sobre todo a los cujíes, que talaron de manera obsesiva. Esto lo refiere Giovanna Merola, en su libro La relación Hombre-Vegetación en la ciudad de Caracas (1987).¿Quiénes son hoy los enemigos de los árboles en Caracas?

—¡Imagínate, los cujíes, que son los que soportan los taludes! Creo que la depredación más importante contra los árboles en Caracas viene del gobierno central, por todos estos trabajos de ampliación de autopistas y de soluciones viales. En este sector, nada más, se perdieron 700 caobas. Las talaron a pesar de estar en veda. Y ni siquiera hicieron la reposición a que obliga la ley, que son ocho árboles por cada uno talado. Yo le pregunté por la reposición de los árboles al señor que está dirigiendo la tala y me dijo que ellos habían sembrado cinco mil plantas de vetiver. ¿En qué cabeza cabe que ese árbol maravilloso equivale a varias plantas de vetiver? Pero también la sociedad civil actúa a veces en contra: lo primero que sucede cuando venden una casa con su parcela para construir, es que talan los árboles. Nos hemos topado con gente de clase media que intenta frenarnos cuando sembramos árboles en los parques.

Creo que mientras haya más carros en Caracas, habrá menos árboles, y eso es parte de la desertificación: más concreto, menos verde. Lo ves aquí con la ampliación de la autopista. Mucha gente decide eliminar un árbol para tener más espacio para estacionar, en su edificio o en su comercio, sin embargo, tú los ves cuando van a estacionar sus carros en la calle lo primero que buscan es la sombrita de un árbol.

 

Yrama tiene conciencia de que hay árboles que se plantaron por error en muchos lugares de la ciudad, por inconsciencia o ignorancia. No eran los apropiados, ni para las casas ni para las aceras, como mangos, jabillos y hasta los mismos caobos, que tienen raíces superficiales muy potentes. Que levantan aceras en la calle y pisos dentro de las casas. Nos cuenta que el proceso de urbanización de Los Chaguaramos fue muy rápido y que sembraron muchos jabillos, como en muchas zonas de Caracas. Nos habla de las muchas “razones” que esgrime la gente para eliminar árboles: “porque echan muchas hojas y flores, y tapan canales, porque ocultan las fachadas de los comercios, porque sirven para que trepen y se escondan los ladrones, porque se orinan los borrachos, porque restan espacio para estacionar los carros. Sin embargo, creo que a la mayoría de las personas les gustan los árboles, el asunto es tomar conciencia, pero para eso hace falta gente. No se trata solo de hacer conferencias: hay que hacer, hay que poder tocar el arbolito que está ahí sembrado”. 

—Cuando nosotros comenzamos con el vivero nos asesoramos mucho con Jesús Hoyos, él nos dio el listado de los árboles adecuados para las aceras, como el urape y el araguaney, que no levantan las aceras. Cuando nos traen árboles grandísimos, los sembramos en bosques. Mucha gente nos pide que les demos árboles de aguacate, y hacemos intercambio, por bolsas de tierra. Nosotros llevamos un registro de los árboles que hemos entregado o sembrado directamente, y son más de dos mil. Hemos sembrado en la parroquia, pero también fuera. Hace poco entregamos 229 árboles que van a sembrar en un bosque de la Universidad Simón Bolívar para recuperar un curso de agua. Les dimos de esos que justamente no es conveniente sembrar en la ciudad: caobas, ceibas, apamates. 

Pero hay muchos apamates en las calles de Caracas.

—Aunque florecen muy bien y son muy vistosos, aquí les da una enfermedad que se llama “escoba de bruja”. 

De Caracas se dice que es una ciudad verde. De hecho su toponimia habla mucho de este tema: La Florida, Las Palmas, Los Chaguaramos, La Floresta. ¿Cuál es el sendero de esta ciudad que más te gusta caminar?

—Aquí mismo tenemos uno muy bonito, el Paseo Los Ilustres, que está muy bien arbolado. En términos generales la parroquia San Pedro es una de las más arboladas de Caracas. También me gusta mucho caminar por Los Caobos, donde hay unos especímenes impresionantes. También por el Jardín Botánico.

Sin embargo, sabemos que esa vegetación va mermando.

Por eso es que sentimos una gran preocupación. Aquí se están cayendo muchos árboles, casi todas las semanas, y no se restituyen. Nosotros hicimos un inventario, inicialmente de 300 árboles caídos, luego subió a 500. Ya perdimos la cuenta. La semana pasada se cayeron tres en una sola calle.

¿Se cayeron o los tumbaron?

—Se cayeron, porque estaban enfermos, porque no se les ha hecho tratamiento fitosanitario. Otro espacio maravilloso que tenemos es la Universidad Central de Venezuela, pero ahí también se han hecho talas, aunque puntuales.

Cuando se habla de la “Caracas verde”, se suele hablar mirando al Ávila, o a los grandes espacios verdes, como el Jardín Botánico, Los Caobos o el parque del Este, y se desprecian los árboles cercanos. ¿Qué papel juega el árbol que está frente a tu casa, el de la esquina, el que está camino a la escuela?

—Tienen un gran significado para la alegría los dos árboles que están frente a nuestra casa en Los Chaguaramos, un tulipán africano y un hermoso y frondoso jabillo. Muchos pájaros y murciélagos viven en ellos, además de todos los que vienen a comer como las guacamayas, guacharacas, conotos, azulejos, reinitas, carpinteros y otros. Muchas de estas aves se pasean por los balcones de los vecinos donde les colocamos comida y agua. Son tan atrevidos que hasta reclaman cuando los comederos están vacíos. Tristemente, estos árboles tienen enemigos que desean eliminarlos, especialmente el jabillo que desprende grandes ramas con el viento y la lluvia. Tenemos que reconocer que fue una equivocación colocarlos en las aceras, cuando su lugar adecuado es un parque, un bosque. Muchos vecinos los defendemos con fuerza, pues la experiencia ha demostrado que árbol talado no le colocan sustituto, sino una placa de cemento. Esa es parte de la enseñanza que tenemos que divulgar para plantaciones futuras en una ciudad como Caracas.

¿Crees que las alcaldías están ejerciendo su rol de garantizar un ambiente urbano en el que los árboles son fundamentales?

— Definitivamente, no. Hay un descuido casi generalizado por parte de estas instituciones en toda el área de Caracas. Existe un deterioro progresivo, incluso en alcaldías que medianamente atendían su patrimonio forestal. Los árboles viven a la buena de Dios. En el área que nos corresponde no se realiza desde hace muchos años el mantenimiento adecuado, a pesar de que se ha solicitado en diversas oportunidades a la Alcaldía de Libertador.

La indiferencia y la complicidad también han sido factores que han perjudicado a la masa arbórea de la ciudad. Muchas han sido las denuncias y reclamos que han realizado las diversas organizaciones ecológicas, y el Gobierno se ha hecho oídos sordos.
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Foto: Mauricio López


Háblame del voluntariado que se ha sumado al GESP.

—La experiencia del padrinazgo ha sido uno de nuestros éxitos, con ello hemos logrado un mayor porcentaje de sobrevivencia. Las que más apreciamos son las personas que viven en la calle, uno de ellos luchó con nueve pilones hasta que logró que se defendieran solos. Ahora cuida con cariño un araguaney y un urape. Eso sí, hay que recompensarlo con algo de dinero cuando pasamos a ver los progresos. Grandiosa ha sido la experiencia con los estudiantes que hacen servicio comunitario en nuestro vivero, hasta ahora más de 200. Los de la Universidad Central de Venezuela han sido un gran ejemplo, algunos cumplen más horas de las 120 que estipula el servicio, y luego siguen viniendo y colaborando. Algunos voluntarios se pierden de vista por años, pero luego aparecen con una foto de unos o varios árboles grandes, un orgullo para ellos y para nosotros.

Hay dos voluntarios que concientizaron a toda una comunidad para cuidar 80 árboles. Luego de que, al principio, hubo una gran resistencia y negativa de plantar en un parque de Santa Mónica. Incluso hasta algunos de los árboles habían sido quemados o talados. Hoy trabajan con otros amigos del lugar y hasta tienen un conuco y le obsequian los frutos de su cosecha a los vecinos. Hay un obrero que trabaja en la ampliación de la autopista, que vive en la Cota 905, y nos ha pedido árboles, porque los está sembrando allá, y ya se ha llevado 20.

Me imagino que de pequeña, en San Casimiro, trepabas árboles. ¿Es importante que los niños aprendan a trepar árboles?

—Definitivamente, los niños deben tener contacto directo con los árboles, es una influencia importante para quererlos. Nosotros agarrábamos mangos, mandarinas, naranjas y otras frutas. Con mis hermanos construimos una casa en un árbol, que al final se nos derrumbó con nosotros adentro. Fue una experiencia de infancia maravillosa e inolvidable. Nuestra casa estaba en el campo, fuera del pueblo, era una granja con muchos árboles frutales, gallinas, conejos y una vaca que nos daba leche. 

¿Es importante que las personas aprendan a reconocer las especie de árboles?

—Es necesario, sobre todo para identificar el lugar específico donde pueden y deben ser plantados. La experiencia nos ha enseñado que muy pocas personas saben reconocerlos, incluso nuestro árbol nacional, el araguaney. Esa es una lección pendiente de los expertos y las escuelas. Pero también hemos observado con satisfacción que las personas se muestran muy interesados cuando les mostramos las características de una planta.

¿Cómo es un día de acción en el vivero, o cuando plantan en la parroquia? 

—El vivero es nuestro orgullo, tenemos ahora unos 550 árboles y una colección de plantas ornamentales obsequiadas por la comunidad. El trabajo se inicia limpiando todo el lugar, asignamos las tareas a equipos de vecinos o de estudiantes que cumplen servicio comunitario: se ordena el compostero, realizamos el cernido del compost, se siembran semillas, se trasplanta, se abona, se riega y se poda. Además, hacemos el seguimiento de las plantas que ya están listas para ubicar en un lugar adecuado. Lo que más nos conmueve y agrada es el contacto con la comunidad, que desde la calle ve con encanto el trabajo. Algunos se animan a entrar, consultan, o solicitan árboles por donación o intercambio. Esta satisfacción se contagia también en nuestros jóvenes. 

Pero el trabajo que más nos anima a todos es, finalmente, plantar los árboles. Las jornadas de siembra son realmente lo más hermoso que hacemos. La gente nos ve con agrado y admiración, algunos bajan de sus apartamentos y de sus carros, otros hasta han cantado el himno al árbol con el grupo que siembra. También ocurre que en el mismo lugar aparece uno que será el padrino de una o más plantas. Al final todos terminamos cansados, pero muy felices. 

Caracas merece infinitos cariños desde todo punto de vista. Seguiremos sembrando y cuidando árboles, porque es la ciudad de los que nacieron en ella, nos abrió los brazos a muchos provincianos y gente que vino de lejos. Todos los que vivimos en esta bella metrópolis tenemos una deuda con ella. 

 

 

Esta entrevista fue publicada por primera vez el 27 de septiembre de 2017 en el portal Prodavinci con el apoyo de la Fundación para la Cultura Urbana.

 

 

 

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