Tulio Hernández: Caracas, un gran acto de fe

tulio hernández
Foto: Boris Muñoz

Por Cheo Carvajal | @caracasapie

 

Tulio Hernández no nació en Caracas, pero sin dudas esta ciudad lo cuenta entre uno de sus amantes. No ha sido un amor circunstancial, sino casi una obsesión. Además de ser sociólogo, ha siso profesor universitario e investigador de la comunicación. Y muy pronto ya estaba de lleno pensando y actuando en el ámbito de la gestión cultural. Ha mezclado todos estos espacios: el académico, el cultural, el urbano, el comunicacional, el político. Ha publicando libros, organizado cátedras, foros, encuentros. Ha participado en plataformas en defensa de Caracas. Fue director de Fundarte en la época en que Aristóbulo Istúriz fue alcalde del municipio Libertador, mucho antes de estas dos largas y pesadas décadas. Pero en este momento no está en Caracas, sino en Bogotá, y antes estuvo en Madrid, ciudades que también aprecia, pero desde ellas no ha dejado de mirar hacia nuestra capital. Lo encuentro en el parque de la 93, entre cachacos, antes de un encuentro público sobre el tema migratorio venezolano en Colombia.

¿Por qué no estás en Caracas si es la ciudad que amas?

—No estoy en Caracas, no porque no quiero sino porque no puedo. Un tweet un poco imprudente que escribí fue aprovechado por el gobierno para hacerme un linchamiento ideológico que terminó en una intervención pública en cadena nacional de Nicolás Maduro, exigiéndole a las autoridades que me hicieran preso. Y como si no fuera suficiente, tres días después volvió a repetirlo, pero exigiendo prisión, no solamente para mí sino también para César Miguel Rondón, que también es un enamorado de la ciudad y que también está ahora fuera de Caracas.

«Yo soy de esos que no nacieron en Caracas, pero que somos amantes de Caracas, y la única manera que tenían de deshacerse de mí, era echándome. Pero ya volveré».

Te ha tocado moverte por dos ciudades emblemáticas, una europea, Madrid y, ahora una latinoamericana, Bogotá, ambas de mucha vitalidad urbana, cultural. ¿Cómo es imaginar el futuro de Caracas desde ellas?

—Yo siempre he escrito sobre Caracas. Hice un libro que se llama Caracas en 25 afectos. He dirigido una cátedra que se llamaba Imágenes Urbanas, donde el tema fundamental era Caracas. Fui director de la fundación de cultura más antigua de la ciudad (Fundarte), y también he sido muy crítico de la ciudad, hasta el punto de poner en duda mi amor y mi admiración. Pero después de una larga temporada en Madrid, y ahora acá en Bogotá, ciudad que tiene espacios para caminar, que tiene plazas, ciclovías, muy apetecible los domingos y los festivos, he entrado en una especie de híper valoración de lo que significa Caracas.

¿Cómo así?

—Primero, obviamente por su naturaleza. La temperatura de Caracas, su luminosidad, para decirlo de manera cursi: “la eterna primavera de la ciudad”, que nunca baja de 19 grados y nunca sube de 30, y a veces ni siquiera de 28. La omnipresencia del Ávila. Algunos lugares como el campus de la Universidad Central de Venezuela, Los Caobos, Sabana Grande. Algunas veces tengo imágenes recurrentes de noches de diciembre desde La Cañada del 23 de Enero, recuerdos de cuando iba mucho a Antímano, a Macarao. Es decir, estoy en una etapa de híper valoración de lo que es Caracas, al menos potencialmente. Pero no solamente de la naturaleza, sino de su arquitectura, de su modernidad, de su vigor.

Entonces me imagino con más fuerza la reconstrucción. Es decir, le veo tanta potencialidad, ahora desde lejos, desde tanta cosa ya hecha, que sería relativamente fácil su reconstrucción. Digamos que ahora tengo más fuerza para pensarla hacia el futuro.

Cuando mencionas una ciudad como Bogotá o Madrid, donde hay sistemas de transporte integrados –aunque de hecho los bogotanos critican duro al Trasmilenio–, donde la noche está viva, llena de gente sin miedo, tanto en sus espacios públicos y su comercio. ¿Qué cosas te llevarías como ejemplo, qué se puede trasladar realmente a esa Caracas con ese potencial que mencionas?

—En Bogotá hay una involución. Yo conozco esta ciudad desde hace mucho, y también la he estudiado, de hecho entrevisté a Mockus para un libro sobre espacio ciudadano. Efectivamente, lograron un sentido del uso del espacio público muy importante, que no era natural en Bogotá, y tiene que ver con casi 20 años de trabajo de sucesivos alcaldes. Es la prueba de que una ciudad inhóspita, dura, criminal, intransitable, como era Bogotá, haya logrado esto que estamos viviendo aquí en el Parque de la 93. Obviamente, esto es el norte de la ciudad. Pero tú vas a otros lugares, por ejemplo, Mazuren, que es una zona más hacia el norte, muy distinta a esta de estrato 6, y también consigues a la gente en la calle.

Vas a un barrio como el Egipto, La Candelaria, vas a la Séptima Avenida, que ha sido peatonalizada, y la lección más grande es esa: sí se puede a través de un trabajo educativo. Pero también un trabajo de equipamiento urbano, que Mockus lo hizo. Hoy se siente la repercusión de su trabajo de ensanchar las aceras de muchas arterias importantes de la ciudad, de restarle espacio a los vehículos y dársela a los peatones. Hoy se ve claramente cómo ese ensanchamiento influyó en lugares que ahora tienen restaurantes, cafés, placitas. Fue incomodísimo, yo lo viví en su momento, estoy hablando de los años 90.

Mockus tuvo un discurso muy particular, una visión y una manera de comunicar muy clara y contundente. Nosotros no hemos tenido nada ni nadie que se le parezca a Mockus.

—No. Yo creo que el único parecido fue Leopoldo López, pero él no fue alcalde de toda la ciudad, sino de una parte muy pequeña, que era el municipio Chacao. También hizo ensanchamiento de aceras, que tuvo sus repercusiones positivas en la avenida Francisco de Miranda, y tenía un discurso del uso del espacio público. Fíjate que no se ha valorado suficientemente esa experiencia porque ahí se crearon los gimnasios verticales. Se hicieron por primera vez piscinas y canchas abiertas para el público. Y se abrió una cosa que es un modelo en Caracas, que es la plaza de Los Palos Grandes. Allí había un edificio y la gente quería un estacionamiento, sin embargo, a través de muchas negociaciones, se logró que fuera una plaza. Mockus era un predicador, un pedagogo del cambio de la ciudad, no como hecho arquitectónico, físico, urbanístico, sino un pedagogo del cambio en las conductas, en el estado de ánimo de la gente para apropiarse de ciudad.

Leopoldo López ciertamente tuvo una visión clara de lo que tenía que hacer en Chacao, y una gestión muy eficiente en función de esa visión. Pero ya había antecedentes de esa visión en Caracas. Yo recuerdo que ya a mediados de los años 60 existían espacios y equipamientos públicos integrados en zonas residenciales. Cerca de mi escuela de Fe y Alegría en Catia estaba el Festival 64, un centro cívico con áreas deportivas. Y había muchos más. Esa visión no era del todo nueva.

—No, es de mucho antes. Por ejemplo están los parques de recreación dirigida, de la época de Raúl Leoni, que eran las intervenciones urbanas más brillantes que se hicieron alguna vez en Venezuela, y que si hubiesen continuado, mantenido y multiplicado —sobre todo si se hubiesen implementado en los barrios pobres de las grandes ciudades— otra sería la historia.

Pero hubo un corte en algún momento de esa visión. Como que la olvidamos, e inesperadamente, para un lugar como Chacao, donde se esperaba más bien mucha inversión de otro tipo, apareció esta visión de invertir en espacios y equipamientos públicos.

—Hay que valorar también —aunque como político no me gusta— la experiencia de Diego Arria, que peatonalizó por primera vez zonas importantes de Caracas. Creó la idea de la ciudad como espacio artístico, donde se hacían los festivales de escultura y trató de introducir un sistema de transporte nuevo a través de paradas fijas y de unos autobuses que, por cierto, se parecen a los del Transmilenio.

Recuerdo los Ikarus y Leyland.

—Siempre ha habido iniciativas que no se continúan y que nunca llegan a ser de toda la ciudad.

Hablemos de eso: aquí en Bogotá sucesivos alcaldes han mantenido, con acentos particulares, una visión de desarrollo de la ciudad que se ha sostenido en el tiempo. A nosotros nos cuesta mucho que haya continuidad en las políticas cada vez que hay cambios de gestión. ¿Tenemos una tara que no nos permite esa continuidad?

—Básicamente hay un problema de fondo. No hay futuro orgánico promisorio para Caracas mientras en ella, primero, no se reconozcan sus verdaderas dimensiones; segundo, no tenga autonomía de gobierno; y tercero, no tenga un gobierno que administre todo lo que realmente es Caracas. Ni siquiera en la época de la democracia, porque la gobernación de Caracas llegaba solo hasta la mitad. Lo demás era el municipio Sucre y Miranda.

Después, con la creación de la Alcaldía Metropolitana tampoco. Porque esta nunca fue una alcaldía mayor. Era simplemente un ente coordinador, sin capacidad de decisión sobre los demás municipios, que tampoco gobernaba sobre la Gran Caracas, que debería incluir a Vargas, los Altos Mirandinos, los Valles del Tuy y Guarenas-Guatire.

Te repito, son tres operaciones: tener un gobierno autónomo del gobierno central, con capacidad para incidir en la Gran Caracas, y una redivisión de la ciudad donde no haya municipios ingobernables —en Bogotá hay un alcalde mayor y 32 municipios manejables—. ¿Qué sentido tienen municipios como Libertador o Sucre, que son más grandes que cualquier gobernación de estado en términos de población?

Fundamental que esa alcaldía mayor tenga competencias reales.

—Una alcaldía mayor como las de New York, Madrid, Bogotá o Buenos Aires, esta última bajo el estatus de Gobierno de Buenos Aires. Con municipios que sean unidades administrables, no superiores a los 40 mil ciudadanos. Sin gobiernos locales reales y alcaldía mayor con competencias sobre lo demás no se puede garantizar la continuidad.

Las ciudades que no tienen proyectos a largo plazo no pueden resolver sus problemas básicos. ¿Cómo hicieron Barcelona, Curitiba, Medellín? ¿Cómo hicieron las ciudades que se volvieron modelo de transformación en los años 80 y 90? Bueno, se dotaron de una visión de largo plazo y de un instrumento técnico: el plan estratégico, que no es un plan urbano —que es lo que siempre se ha hecho en Caracas—, sino un plan integral que incluye un plan urbano, un plan económico y, cada vez más, un plan cultural. Si no tienes un componente cultural clarísimo en el desarrollo de las ciudades, no se resuelven los problemas que tienen que ver con la cultura ciudadana. Eso lo veo clarísimo, por eso me da lástima ver todos los esfuerzos que se hacen en los municipios.

Los cuatro dramas de las ciudades: movilidad, recolección de desechos, seguridad y apropiación del espacio público, son imposibles de realizar sino en el marco estratégico de las grandes metrópolis. Y eso fue lo que empezó a hacer Bogotá, con Mockus, Bromberg y después Peñalosa, que respetó lo básico que inició Antanas. Después volvió Mockus, luego Garzón y Rojas, hasta llegar a Petro, que empezó a echar para atrás el tema de cultura ciudadana.

«En fin, lo único que garantiza la continuidad en las ciudades es que se dé en el marco de un modelo democrático, donde pueda haber acuerdos entre partidos, donde no haya una nación que siempre se está reinventando».

En Bogotá las zonas populares son más periféricas, a diferencia de Caracas, donde los barrios están por todas partes, que no sólo rodean la ciudad sino que van apareciendo, salpicándola. Uno se los va encontrando, incluso entre urbanizaciones de clase alta y de clase media. Pero no hay integración, que es algo que va más allá de la cultura ciudadana. Se trata del respeto al derecho a habitar y vivir la ciudad, con todos los servicios, con todas sus bondades y también con todas sus obligaciones. Cómo integrar lo no reconocido luce, en mi opinión, uno de los grandes problemas a transitar en Caracas.

—Claro, ahí hay un elemento geográfico y un elemento histórico. ¿Por qué hay barrios en todas partes y por qué no está dividida? Cuando hicimos el estudio de Imaginarios Urbanos en América Latina, en todas las ciudades aparecía un eje donde uno podía ubicar las clases medias y alta, y en otro los pobres. En Caracas eso es imposible, por una historia elemental: las quebradas. Cuando se planificaba la ciudad en los años 40 y 50, se dejaban unos espacios de respeto de las quebradas donde no se podía construir. En las zonas más urbanizadas esos espacios estaban concebidos, incluso, como zonas peatonales de parques verdes. Cuando vino la democracia y la migración del campo a la ciudad, los pobres se asentaron en esos espacios de las quebradas.

Caracas es una ciudad en donde la urbanización clasista, presente en casi todas las ciudades de América Latina, no existe. El barrio caraqueño es un hecho que no se puede revertir, y ya ha sido sumamente estudiado y comprendido. Y este gobierno, que empezó en democracia y terminó en gobierno de facto, tuvo en sus manos el proyecto más acabado y hermoso que ha habido de cómo integrar el mundo que llaman “no formal” o “informal” a la “ciudad formal”.

Te refieres al Plan de habilitación física de barrios.

—Que lo desarrollaron conceptualmente Josefina Baldó y Federico Villanueva. Pero ese plan chocaba con una de las obsesiones con las cuales empieza todo régimen totalitario: que las ciudades son muy grandes y hay que sacar gente hacia el campo. Entonces empezó la idea del Proyecto Orinoco-Apure, que había que desalojar a la gente de Caracas para llevarla al mundo rural, y eso es autoritario. Eso lo hizo Pol Pot (Camboya) y fue lo que de alguna manera también destruyó el centro de La Habana. Nosotros lo que necesitamos es, en vez de ocultarla, es eso que ustedes llamaron en aquel evento de La ciudad fuera del mapa (2005).

Hay que urbanizar la ciudad autoconstruida, que además, tal como lo ha estudiado y trabajado también Teolinda Bolívar, se trata de una épica urbana. Ahí hay un esfuerzo que no lo  hizo ni el mercado ni el Estado, que lo hizo la gente. Una épica que además reivindica el trabajo comunitario, de ingeniería y tecnología popular, que necesita procesos de reurbanización, que además están estudiados. Hay que hacer la ciudad: meterles plazas, centros cívicos, acceso a los servicios. El plan Barrio Adentro obviamente estaba condenado al fracaso porque era un plan populista: para llevar el ambulatorio hay que hacer servicios formales de cloacas, de electricidad, hay que hacer accesos viales, en vez de un médico improvisado por unos días. Esa es la gran tarea pendiente de Caracas.

En la otra, que está semiurbanizada, hay que recuperar todos estos espacios que además fracturan a la ciudad en calidad de vida, y además estigmatizan a los barrios en términos culturales y en términos clasistas.

En la primera de esta serie de entrevistas, Marco Negrón introdujo un tema que ha aparecido en otras entrevistas: la justicia urbana. Reconocer el derecho a la ciudad que tiene la gente, sobre todo desde esa épica que expresa un gran deseo de vivir en ella, la de aquellos que contra viento y marea construyeron su vivienda, a quienes primero se les hizo la guerra y después se les dejó “a la buena de Dios”. Es un proceso distinto llegar y comprar un apartamento en una urbanización y otro construir durante décadas tu vivienda.

—Lo que se ha hecho es perverso. La idea de trasplantar a la gente del barrio a un apartamento, algunos de muy mala calidad, con pocos espacios sociales, que contrastan con el espacio público maravilloso que es la escalera y la esquina del barrio, dándole a la gente una vivienda que no era propia, porque tal vivienda no genera propiedad, se les arrebató una forma de vida que tiene una cierta calidad que ya quisieran tener, en términos de relaciones humanas y en términos del espacio apropiado, muchas zonas de clase media.

Esa es una tarea pendiente que demuestra la poca reflexión sobre el derecho a la ciudad en todas las ideologías que existen en Venezuela. Es decir, es un tema que ha quedado envuelto en una especie de populismo generalizado que se centra en el derecho a la vivienda populista, mas no en el derecho a la ciudad, que son cosas totalmente distintas.

Sabemos que la nuestra es una de las ciudades más violentas del mundo, pero la violencia es un viejo tema para Caracas. Ha alcanzado niveles bárbaros en estos últimos años, pero recuerdo que desde pequeño mi madre me prevenía respecto a la violencia que había en nuestra calle, que sin dudas era otra, aunque recurrente. Desde el gobierno central siempre se aplicó la política de mano dura, y aún hoy seguimos en lo mismo, esta vez agravado, porque la OLP llega matando gente a los barrios. ¿Por qué hemos fracasado tanto en relación con reducir la violencia, y además terminar acostumbrándonos a esa violencia, haciendo de nuestra ciudad un encierro?

—Por lo mismo que dijimos en la segunda parte de la conversación: ¿cómo se puede atacar un problema como la violencia si no se puede atacar el problema del desarrollo integral de la ciudad? Es impensable. Por eso las otras ciudades, con características más o menos similares, como Rio de Janeiro, tienen un modelo de violencia parecida. ¿Qué es lo que hace que la violencia triunfe en una ciudad como Caracas? Uno, la desestructuración de los regímenes de sanción y castigo, pero esto es lo menos importante. Dos, el hacinamiento familiar. Tres, la proliferación de armas, y esto sí que es decisivo. Y cuatro, el consumismo extremo como modalidad de competencia. Cuando las cuatro cosas van juntas te das cuenta de que pobreza no necesariamente genera violencia. La Paz, en Bolivia, es muy pobre, pero no es violenta.

¿Qué se ha hecho frente a esto? Esos cuatro elementos se han ido agravando. Se deterioró el sistema de justicia. Se deterioró el sistema de cárceles. Se deterioraron los cuerpos de policías. Cuando Chávez entra tenía una gran sensibilidad contra la represión. Eso era cierto, lo conocí. Él no quería que se reprodujera más nunca cosas como el Plan Unión. Él, como populista y redentorista, justificaba si necesitabas robar porque tu hijo estaba enfermo. Y durante más o menos 10 años no se reprimió.

En esa época se hizo la Comisión Nacional para la Reforma Policial.

—Pero tampoco hizo ningún plan integral, y en ese momento Venezuela entró de lleno en dos temas: el narcotráfico y el comercio de armas. Entró en un consumo de droga demencial y en una ausencia de sanción y castigo. Es verdad que siempre hubo violencia en Caracas. Pero te puedo decir que yo participé con la Universidad Católica en el primer grupo que fue incluido en los estudios de violencia en la Región Andina, que financiaban los Países Bajos, y a Venezuela no la incluían porque no valía la pena, porque no llegaba a 7 homicidios por 100 mil habitantes.

La Organización Mundial de la Salud establece como alarma roja 12 homicidios por cada 100.000 habitantes. Venezuela, hasta 1992, no había llegado a ese índice. En el 93 fuimos incluidos por primera vez. Y el número de homicidios por cada 100.000 habitantes ascendió a 17. Y se descubrió, gracias al 27 de febrero de 1989, al Caracazo, en los allanamientos que se hicieron en el 23 de Enero, que estaba lleno de armas de guerra. Se descubrió que era un país híper armado y no se hizo nada. Había observatorios y unos grupos alertaban sobre el tema de la violencia, la inseguridad, y empezó a haber lo que yo llamé alguna vez “el relato de atraco”, como parte de la conversación cotidiana. Y empezó la primera migración venezolana huyendo de la violencia. Y se fue convirtiendo, año a año, en una cifra acumulada.

El gobierno de Caldera fue el más inútil en esto. Durante los dos primeros períodos de gobierno de Chávez, no quisieron ver el problema. Chávez jamás lo mencionó. En el Táchira empezaron a meterse la guerrilla y los paracos. Venezuela empezó a convertirse en un centro del tráfico de drogas y, bueno, ahí está: ya no solo somos la capital con mayor inflación del planeta sino somos una de las ciudades y de los países más violentos, junto con Salvador, Guatemala, y una parte de México. No supimos atacar el problema de manera integral. Tal vez, en el tema de la violencia y de la inseguridad es donde mejor se expresa la degradación moral, institucional del país. Y para mí va a ser la parte más difícil de reconstruir, de la ciudad y de la nación. Así como aquí en Colombia ha sido muy difícil superar el tema guerrillero, porque ya no era un tema político sino una industria, un aparato económico y una cultura, en Venezuela la delincuencia se volvió una cultura sórdida.

Imaginemos que felizmente regresas a Caracas, con todo lo que ello implique. Te vas a encontrar con una ciudad donde la noche está literalmente muerta, con pequeños focos que resisten. Vas a encontrar esa ciudad violenta, con un servicio de transporte público deteriorado, donde la educación pública vive, al igual que muchos servicios, un proceso de deterioro. Igual la oferta comercial, motor fundamental de la vida urbana, ha mermado. Y, además, con un modelo de administración de la ciudad que sabemos no funciona. ¿Cuál hilito de esa madeja agarrarías para comenzar a reconstruir, para retomar la fe en la posibilidad de transformarnos?

—Vamos a imaginar que la transición no es un golpe de estado que impone un toque de queda. Que no es un golpe de ultraderecha ni de los militares narcotraficantes. Como los que salieron de Ceaușescu, en Rumania, que fueron peores. No. Supongamos que hay una insurgencia pública constitucional. Se convoca por vía constitucional un gobierno y arranca uno de transición democrático.

Partamos de eso.

—Entonces: primero, reforma de la administración central. Ni siquiera una Constituyente. Cambiar el ordenamiento y crear la Alcaldía Mayor, que gobierna en toda la gran Caracas. Se elimina esta separación por estados y municipios. Luego, una reforma en el tamaño de los municipios, que haya 18 para toda la ciudad. Eso en la parte legal e institucional. Luego, a mí siempre me gustó cómo comenzó el cambio aquí en Bogotá. Mockus le dijo a la gente: “Vamos a salir los jueves en la noche a caminar por la ciudad; si nos van a atracar, si nos va a poner una bomba las Farc, bueno, pero si no salimos no podremos cambiar esta ciudad”. Así comenzó.

Tulio Hernández

Foto: Boris Muñoz

Arriesgarse.

—Comenzó con grupos de 100, 500 personas que salían a recuperar la ciudad. Yo haría acciones que creen un estado de ánimo de que algo está pasando. Una cosa positiva, como ir colonizando espacios. Efectos de demostración: “Esta noche dos mil personas vamos a tomar el centro de la ciudad”. A los que les guste la noche, les guste las bicicletas, les guste caminar, los que quieren hacer negocio, vamos.

¿Pequeños actos de fe?

—Actos de fe. Testimonios de triunfo, de transición, de que la ciudad puede ser mejor. Y luego, zonas de contagio positivo. Ir apropiándose de pequeños espacios. Yo viví y fui partícipe de cosas que hacen en Guadalajara, donde cierran ocho cuadras el viernes por la noche y la gente misma funciona de agentes de control. Hay negocios improvisados, ventas de licor, de comida, donde la gente empieza a apropiarse de la calle. De eso hablo, de pequeños ejemplos ilustrativos. Entonces, por un lado el cambio institucional, por otro el cambio de estado de ánimo en relación a la ciudad.

Por otro lado creo que habría que hacer un gran esfuerzo social de Estado: gobierno central, gobiernos locales, empresarios, comunidades, en torno a la seguridad. Que no es una cosa represiva, sino un trabajo cuerpo a cuerpo, lugar por lugar, de enfrentamiento al tema violento. Porque si nos tomamos en serio los trabajos del padre Alejandro Moreno, él demuestra que en los barrios, por ejemplo, el número de delincuentes es una minoría. Pero esa minoría aterroriza a todos y además tiene el prestigio del poder.

Establece el código a imitar.

—Yo no soy militante ni nada de Leopoldo López, pero el planteó el único plan coherente de seguridad: prevención, sanción, reforma de las cárceles, apropiación del espacio público, echarlo a andar. En un momento muy difícil, en el que no va a haber institucionalidad todavía, ni mucho dinero, vamos a estar quitándonos de encima la quiebra. Pero esos momentos de transición –lo sabemos por la post-guerra europea, por la apertura que hubo después del franquismo del espacio urbano, lo que se llamó “la movida” en Madrid, en Cádiz, en Sevilla, en Andalucía, en la propia Barcelona-. Hay que aprovechar esos momentos de transición para establecer nuevas formas de relación.

En todas las cosas que dijiste no mencionaste el tema del diseño urbano. Es interesante. ¿Hay que poner el diseño a seguir el deseo de la gente? Porque lo que estás poniendo por encima es el deseo de la gente sobre la ciudad.

—Sí. Es que sin esto no hay nada. Sobre eso es sobre lo que más trabajo hay. Si yo tuviera la posibilidad de ver un nuevo gobierno, esperaría que oyera a los profesionales, por ejemplo a la gente que estudia la movilidad, de las acciones que hay que hacer en Caracas. No hay que inventar nada, eso ya está estudiado, como el anillo que impide que el tránsito que va hacia oriente pase por la ciudad. El número de estaciones que hay que hacer para el transporte público, la recuperación de las líneas del Metro. Pero todo eso necesita mucho dinero. Yo estoy pensando en lo que podemos hacer en los primeros momentos en que todavía no hay dinero. Tenemos un metro destruido, ¿cuánto cuesta recuperarlo? ¿Quién va a poner esa plata? ¿La Unión Europea? ¿El Banco Mundial? ¿Quién? Entonces, mientras tanto, tiene que haber algo que dé aliento.

Los programas de cultura ciudadana de Mockus siempre insistían en que tenían que ser participativos, crear esperanza y demostrar resultados rápidos. Pero no era populismo. Porque no era “voy a cambiar la ciudad”, era más bien lograr que los conductores no se pararan sobre el paso de cebra. ¡Pero en un año demostrar que se pudo! Yo veo así la transición. Yo trabajé en el programa de gobierno de Leopoldo López cuando quería ser alcalde metropolitano y mucha gente le dijo: “No te metas en eso porque desde la Alcaldía Metropolitana no vas a poder hacer nada”. Sin embargo, hicimos un programa como si fuera una alcaldía mayor. Y mi sorpresa es que Caracas es una ciudad súper estudiada. Con todos los problemas, con una vida profesional militante increíble. Como dijo una vez, en los encuentros que se hacían Berlín-Caracas, el alcalde de Berlín preguntó por qué en sus espacios públicos no se expresaba toda la capacidad de reflexión, de escritura, incluso de amor en el hecho literario y plástico que se sentía por esa ciudad.

¿Por qué piensas que no se expresa?

—Porque no ha habido la mediación entre la autoridad, entre la voluntad política, el mundo académico y el mundo militante de ciudad. Y yo diría, el mundo del arte. Creo que pocas ciudades son tan amadas por los poetas, por los narradores, por los artistas plásticos como Caracas.

O sea, ¿hay que empezar por integrar esos actores?

—En Venezuela hay que empezar porque el mundo político escuche el mundo afectivo que hay en el país, expresado en sus artistas, en sus urbanistas, en sus científicos, que son una especie de sacerdotes.

Por otra parte, envidio el transporte público de Madrid, que es uno de los mejores del mundo, no por lo que tienen de bonito sus autobuses, ni por lo que tienen de eficiente el servicio en términos gerenciales, sino por el respeto que significa para los ciudadanos: que la gente sepa que si debe desplazarse tres o siete kilómetros podrá llegar a una hora precisa, y si tiene una silla de ruedas el autobús tiene un mecanismo que lo levantará y lo subirá. Eso es respeto por la gente.

En nuestra ciudad ha habido un trabajo profesional, militante, trabajo plástico, trabajo de organización comunitaria. Todavía en Caracas, en medio de esta tragedia, sigue habiendo gente que apuesta por los que hacen este trabajo en bicicleta, los que hacían los trabajos de turismo, los que hacen el trabajo de dibujarla, en fin, me cansaría de nombrar. Eso hay que articularlo y unificarlo. Y enfrentar los dos discursos: el que solo ve la ciudad como una inversión económica en donde ganar dinero, los terrófagos de siempre, los empresarios que no querían a la ciudad, y el discurso populista, este que la ha afeado, que le ha introducido elementos como ciertas formas de aniquilar, de terminar de destruir el espacio urbano, con la Misión Vivienda, la que se hizo en la avenida Bolívar y en la avenida Libertador.

Hay que poner a dialogar esos tres mundos: el popular, que tiene su sabiduría y su raigambre en los barrios, que hay que reivindicarlo convirtiendo “el barrio informal” en ciudad; el mundo más citadino, más amante de la ciudad, que tiene un discurso y prácticas en realidad de apropiación del espacio público; y el decisivo, porque no confío en más nada para transformar integralmente las ciudades, que es el poder político. Es decir, las alcaldías, los gobiernos locales, que son los únicos que pueden pensar a largo plazo las ciudades. Porque sin pensamientos a largos plazos, no hay posibilidad de solución de los grandes problemas urbanos.

 

Esta entrevista fue publicada por primera vez el 2 de mayo de 2018 en el portal Prodavinci con el apoyo de la Fundación para la Cultura Urbana.

 

 

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