Travesía

el guaire | travesía
Foto: Wikipedia

Por Carolina Acosta-Alzuru

 

—¿Quién es el único jugador que ha ganado el “Más Valioso” en ambas ligas?

—¡Frank Robinson!

—Muy bien, Gustavo

—Mami, pregúntanos otra.

Miro hacia delante mientras pienso. Mi carro es solo uno de los segmentos de esa larga oruga de carros que se arrastra con exasperante lentitud por la avenida principal del Country hacia Las Mercedes. ¿Cuánto falta? Miro mi reloj, son las 6:30 p.m., hace media hora ya que salimos del Colegio San Ignacio y apenas acabamos de pasar por encima de ese río caudaloso de vehículos que es la avenida Libertador. Cruzamos con esfuerzo y determinación la intersección en la que los que vienen de esa arteria tienen ventaja. Ignorándonos olímpicamente y sin remordimiento alguno, esos carros se van agregando a la oruga por la derecha delante de los que venimos en cola hace rato. Nada de establecer un sistema equitativo de turnos, ahora tú, ahora yo. Así no funciona Caracas. 

Falta al menos media hora todavía. Paciencia.

—Mami, porfa, pregúntanos otra.

A mi izquierda pasan raudos los carros en sentido contrario. Siento envidia, pero también algo de alivio de que no todo el tráfico esté trancado como sucede a esta hora. Ver la velocidad de esos carros desde la ausencia del movimiento del mío también me recuerda cuánto me gusta eso de ir por la vida en sentido contrario. Es menos transitado y mucho más interesante.

—Mami… porfa.

—Voy, Gusta, voy ¿Quién es el único pitcher que ha ganado Novato del Año y el Cy Young en el mismo año?

—Esa es muy difícil, Carolina.

—Piensa, Juan, piensa. 

—Está difícil, mami.

—Piensen, hay tiempo.

Hay tiempo. Estamos parados. Como casi siempre. Como todas las semanas. Paciencia. Tratamos de hacer la mayor cantidad de cosas de nuestro lado del río, pero tanto mi trabajo como el colegio de Gustavo son en La Castellana, así que cruzo el Guaire a diario. Me la paso en el carro. Embotellada. Atrapada. Gustavo es la tercera generación de los Alzuru que va al Colegio San Ignacio. Y ama el béisbol. Siempre pensé que jugaría fútbol como Guillermo, pero al tercer día de kínder, cuando solo tenía cinco años, llegó del colegio y puso dos circulares sobre la mesa de la cocina anunciando que una era del fútbol, la otra del béisbol y “yo quiero béisbol”. Dos horas después entré sin avisar a la oficina de Guillermo en Las Mercedes con cara de preocupación diciendo “tenemos un problema, Gustavo quiere jugar béisbol, no fútbol”. Guillo soltó una carcajada ante el “problema” y la inesperada inversión de los términos normales de la ecuación casi siempre balanceada que somos: él es el pesimista y yo la optimista. Pero aquí era yo la que veía un problema donde solo existía el libre albedrío de nuestro niño. Algo que celebrar más bien.  

Ahora que tiene 10 años no me imagino a Gustavo en otro deporte que no sea el béisbol. Es una gloria verlo hacer algo que ama con todos sus huesos. Tiene práctica dos veces por semana y al menos un juego cada fin de semana. Hasta hace dos años la práctica era justo después de las clases, de 2 a 4 p.m. El regreso era bastante más leve. Ahora que es más grande las prácticas son de 4 a 6 y el tráfico al regreso está garantizado. No es fácil cruzar el río a esta hora. Hacemos mínimo 45 minutos y en los peores días nos puede tomar dos horas. Como si fuéramos de Caracas a Valencia, pues. Por eso hago “pool” con la familia de Juan Francisco Castillo. Yo hago los martes y ellos los jueves. Me encanta la amistad de Gustavo y Juan. Es una suerte inmensa que todos vivamos en Colinas de Bello Monte.

—Mami, cámbianos la pregunta que esa está muy difícil, porfa.

—Piensen, piensen. Yo sé que sí la saben. Se las he hecho antes. Piensen. 

En este tramo la Principal del Country está bordeada por cercas marca “Odrica” a ambos lados. A la derecha hay maleza detrás de la cerca. A través de ella se ve una pared de concreto gris bastante descuidado. Es la parte de atrás de una edificación cuyo frente da a la avenida principal del Bosque, a la que no vemos desde aquí, aunque estemos tan cerca. Así es Caracas, uno cree que las distancias son enormes porque a veces no podemos ver lo que está a la vuelta de la esquina o porque pasamos tanto tiempo en el tráfico que perdemos noción de la verdadera distancia. Pero, realmente, Caracas debería ser caminable. A esta hora, quizá llegaríamos antes caminando. “¿Te imaginas?”, me digo mientras me pienso caminando desde el San Ignacio hasta Las Mercedes con Gustavo, Juan Francisco y mis dos hijas de 7 y 4 años. Y de inmediato el cable a tierra: “¿Te volviste loca? Es casi de noche, andas con cuatro niños y ni que estuvieras en Nueva York, por favor. Aquí no hay ni siquiera acera”. Y me resigno a seguir viviendo no en Caracas, sino en un carro en Caracas mientras mis ojos no se separan del desorden que es la maleza y que contrasta con el césped de manicura perfecta de los campos de golf que se atisban tras la cerca del lado izquierdo de la avenida. Pronto no los podré ver más, la luz del día se extingue. La oruga es ahora de luces rojas.

Nos movemos. ¿Cuánto faltará para atravesar ese maelstrom que es el semáforo de Chacaíto? Todavía no veo al indigente que camina ida y vuelta sin descanso los primeros 100 metros que hay desde ese semáforo hacia el Country Club. Desde que yo era adolescente, él es la señal más confiable de que pronto llegaremos a la avenida Francisco de Miranda. Yo antes llevaba los vidrios siempre abajo y le daba unas monedas cada vez que lo veía. Ahora es diferente. El año pasado mi suegro fue golpeado en el ojo por un indigente al que le dio dinero. Necesitó dos cirugías para que drenaran el hematoma intracraneal que le ocasionó el golpe. Y aunque sé bien que la gran mayoría de las personas que viven en la calle no me va a agredir, el incidente me traumatizó, sin duda. Hoy en día también hay muchas historias de asaltos en los que te roban el reloj o la cartera si vas con las ventanas abiertas en un tráfico o en la cola para buscar los niños a la entrada del colegio. La Caracas de 1992 no es la de los 70 y los 80. Así que ahora llevo los vidrios cerrados y el aire acondicionado prendido. No solo Caracas es más insegura, yo tampoco soy la misma. Ahora tengo los niños en el carro. Me siento totalmente vulnerable. 

—¡Fernando Valenzuela! Fernando Valenzuela, mami, ¿sí?

—Muy bien, Gusta, muy bien. ¿Ves que sí sabías?

—Pregúntanos otra, Carolina. Que sea más fácil, anda. 

—Ya va, Juan. Déjenme pensar, porfa. 

Aparece el indigente, va caminando con la mano derecha estirada siguiendo la línea de vehículos, todos con los vidrios cerrados y con sus conductores mirando a un punto indefinido al frente, evitando así los ojos de ese hombre vestido solo con andrajos y la mugre de la ciudad. Parece haber sido parido por esta urbe que es bendita y maldita a la vez. Es que yo a Caracas la amo y la temo. Cuando el indigente está a unos tres carros del mío, paso revista: vidrios cerrados y seguros de las puertas pasados. A mi lado va Carolina jugando con los cueritos de su guante de béisbol. Ella también juega en el Loyola, luego de que el entrenador Boada la viera jugando con los varones en una piñata y le ofreciera un puesto en el equipo preinfantil.

Caro es la única niña en toda la Liga Chucho Ramos de los Criollitos. Es una atracción turística para todo el que la ve jugando. Le encanta el deporte, pero sus martes y jueves son demasiado largos para sus siete años. Tiene que cruzar el río dos veces. Las busco a ella y a Mate en el Máter Salvatoris a la 1 p.m. con el almuerzo listo. Ellas almuerzan en el carro, camino al San Ignacio. Antes de sufrir este tráfico para regresar a casa, Caro tiene práctica de béisbol de 2 a 4 y luego hace la tarea en las gradas durante la práctica de Gustavo. Por el retrovisor veo a Juan y Gustavo conversando, esperando mi próxima pregunta. Al lado de Gustavo va Mate, quien ha estado entre prácticas y juegos de sus hermanos desde que nació. Tiene una muñeca en su regazo y mira hacia la ventana a la cual apenas alcanza. Ella nunca pregunta cuánto falta para llegar. Ella también cruza el río dos veces y pasa los martes en la tarde en el San Ignacio. Mientras sus hermanos están en el campo, Mate juega en las gradas con otras hermanitas que también esperan por el final de la práctica. Pero ella es la única que tiene que estar allí durante dos prácticas consecutivas. Su actividad favorita es cuando María Elena Frías, una de las mamás del equipo de Gustavo, le pone un poquito de su pintura de labios y la deja verse en el espejito que tiene en la cartera. 

 

El indigente regresa sobre sus pasos sin alcanzar mi carro. Nos movemos un poco más rápido y quedamos de segundos en el semáforo. Me preparo para el cruce. Al tener luz verdelanzo una pregunta hacia el asiento de atrás del carro:

—¿Cómo se llaman los estadios de Filadelfia, Pittsburgh, Atlanta… y también el de los Mets?

Y muerdo un imaginario cuchillo entre los dientes, como el pirata que va a asaltar una embarcación. Esa es mi disposición mientras atravieso la Francisco de Miranda bajo la amenaza y el corneteo furioso de los conductores que van y vienen en cualquier sentido y a los cuales les importa un comino lo que indique el semáforo. Hoy ni siquiera hay un fiscal aquí. Su presencia no haría diferencia. Realmente es un milagro que no haya más choques aquí. 

—¡Veterans Stadium, Three Rivers Stadium, Fulton County Stadium y Shea Stadium!

—Correcto. 

Ya estamos en la avenida principal de El Rosal. Nos movemos un poco más rápido y vamos dejando atrás al Edificio EASO, a Doña Caraotica y …

—Mami, cómpranos McDonald’s, porfa…

—Sí, mami, porfa.

—Nada de eso y ustedes lo saben. En la casa hay comida.

¿Qué fue lo que dejé hecho para la cena de hoy? No lo puedo recordar, pero dejé algo. ¿Dejé algo?

—Cónchale, mami, nunca nos complaces con McDonald’s.

—No entre semana. Si quieren venimos el sábado con papi después del juego, pero hoy no. Mañana hay colegio. Tenemos que llegar para que se bañen, coman, terminen la tarea y se acuesten. 

Paso por debajo de la autopista del Este y atravieso finalmente el Guaire. 

Hemos cruzado el río. Aplausos, por favor. Es mi cuarta vez cruzando el río hoy. De mi casa a La Castellana, donde dejo a Gustavo en el colegio y voy a mi trabajo. De mi trabajo al Máter Salvatoris. Del Máter al San Ignacio. Del San Ignacio a la casa. Cuatro veces, todas en el sentido del tráfico. Es sacrificado, sin duda. Pero no me olvido de mis muchos privilegios. Trabajo medio tiempo y, aunque no nos sobra nada, tampoco nos falta. Puedo hacer esto. Y hay que decirlo, el Loyola ha ampliado nuestra familia escogida. Especialmente en el equipo de Gustavo, las familias nos hemos ido haciendo amigas, tejiendo una red de soporte mutuo y fomentando un ambiente seguro en el deporte de nuestros hijos. Ese es otro privilegio en mi inventario. Pero también es importante subrayar que el béisbol no es simplemente jugar pelota, allí mis hijos aprenden a ser equipo y, sobre todo, entienden que tanto logros como errores ocurrirán y que hay que seguir adelante tratando de aprender de ellos. Te ponchas y sigues. Se te va la pelota entre las piernas y sigues. Bateas hit y sigues. Atrapas un batazo imposible y sigues. Sigues. Como en la vida.

Seguimos. Tomo a la derecha y me enfilo por la avenida principal de Colinas de Bello Monte para llevar a Juan a su casa. Es el punto mágico de la ruta. Todos sabemos, ahora sí, que estaremos en la casa en 15 minutos. No me piden más preguntas de béisbol. El carro se llena de alivio.

Pasamos frente al Crema Paraíso. “Las Maltinas” como me enseñaron a decirle Guillermo y sus amigos cuando yo tenía 16 años. Es inevitable que se me haga la boca agua cada vez que paso por allí. “Un perro caliente con salsa alemana y una malteada con canela por encima, por favor”, claman mi estómago y mi mente, sabiendo que, desde que tenemos niños, rara vez vamos a “Las Maltinas”. Más maltinas y menos McDonald’s, me propongo. 

Subimos por esa serpentina que es Colinas de Bello Monte y dejamos a Juan en su casa. El resto de la serpentina nos lleva a nuestro edificio, El Cerro, construido por mi suegro hace años en un terreno que le dieron como pago de una deuda y que, en esa época, parecía inservible porque quedaba en un lugar aislado que ni siquiera tenía una carretera decente que lo comunicara con Colinas o con Las Mercedes. Hoy esa parte de Colinas se llama Chulavista y es una de las zonas más privilegiadas de Caracas. Tiene una temperatura envidiable y una vista de casi 360º de la ciudad. 

7:15 p.m. Entramos a nuestro apartamento. Finalmente, podemos empezar a terminar el día. Podemos dejar atrás al Loyola y al béisbol. Al menos hasta pasado mañana cuando hay práctica otra vez. Pero ese día le toca el viaje a la familia de Juan. Menos mal porque necesito reforzar mi repertorio de preguntas de béisbol. 

 

Este texto fue producido durante el taller de Literatura biográfica y memoria urbana dictado por Ricardo Ramírez Requena.

 

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