Faitha Nahmens: No tenemos por qué esconder la belleza ni la ruindad

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Foto: Mauricio López

Por Cheo Carvajal | @caracasapie

Muchos amantes de nuestra ciudad la conocen por el programa radial Caracas, vuelta y vuelta, que ha atravesado varias etapas. Comenzó, como corresponde, en un aniversario de Caracas: el 25 de julio de 2011. Arrancó con Alejandro Ramírez, pero su acompañamiento fue breve. Luego se incorporó José Luis Ávila hasta diciembre de 2013, momento en que la Emisora Cultural de Caracas fue vendida. Antes de que ocurriera este corte abrupto, con José Luis, recibió, en noviembre de ese año, el premio de la Cámara de Caracas por su programa radial. Luego de un largo período fuera del aire, en febrero de 2016 reapareció en Radio Capital, acompañada de la galerista Inés Espinal. Desde hace un año, aproximadamente, hace el programa con María Teresa Novoa, una arquitecta apasionada de esta ciudad.

Pero su carrera periodística no comienza aquí. En los albores de El Diario de Caracas cubría la fuente Ciudad, y en el suplemento dominical, Caracas a diario, tenía una sección llamada “Caras de Caracas”. También escribió en El Nacional, y más recientemente se ha dedicado a escribir en medios digitales: Clímax, Ideas de Babel, Prodavinci. De todas sus experiencias periodísticas anteriores, la que realizó junto con Ben Ami Fihman, fue la que permitió construir un nombre como periodista: “Creo que la experiencia de la Revista Exceso fue la más suculenta: estuve 20 años”.

Además de comunicadora social, egresada de la UCAB, le mete mano a otras teclas: estudió piano durante 10 años, y afirma ser asistente de preescolar. No la he escuchado tocar el piano, ni la he visto atender pequeñines, pero me consta que, junto con otras amigas, ejerce a diario y en cualquier espacio su caracadiccción. Y es obvio que no tendrá cura.

Ya tenías muchas vueltas con Caracas antes de hacer el programa de radio.

He escrito en varios medios, pero Exceso fue ese periodismo-escuela, ese fue laboratorio de ideas, locuras, demanda y vitalidad. A veces taller de escritura, a veces mesón de catas.

¿Alguna diferencia entre ese periodismo de ciudad y el que haces ahora?

—Caracas siempre ha sido un imán para mí. Uno cambia, y cambian las plataformas, y cambian la circunstancias, de manera que la respuesta es sí. De cada experiencia te quedan marcas fundamentales, huellas o cicatrices. Fui demandada en Exceso por un texto que escribí, un perfil. El juicio debió caducar al año y medio pero duró cuatro años, en ese ínterin parí y tuve dos abortos.

¿Por qué Caracas es un tema tan importante para ti?

—El periodismo es ahora más difícil, es heroica cada línea publicada, cada verdad constatada. Las fuentes están blindadas y lo que ocurre es tan duro que siempre se filtra, impregna hasta la nota más simple, como la reseña de un concierto. Y tiene que ser así: hay que aprovechar cada resquicio para defender la democracia. Sin democracia no solo no hay periodismo, y viceversa, sin democracia no hay ciudad.

Ciudad puede haber sin democracia, de hecho, muchas ciudades han pasado por períodos oscuros. Lo que no hay es libertad, que en cierta forma se parece a la ciudad, pero no es su equivalente.

—La ciudad persiste y Caracas no para. Pero la ciudad es menos sin democracia, porque la ciudad es la vida que se produce en ella.

Soy de aquí por nacimiento y convicción. Amo esta ciudad tan peculiar, que muerde y a la vez es exultante. Tan sensorial, tan bonita, y tan fea. Tan seductora y descuidada. Siempre amé Caracas, desde niña adoraba el parque del Este.

«Caracas es la belleza, y siempre me ha dolido cómo se tala un cerro para alzar edificios. Esta es una ciudad que respira. Otras ciudades son maravillosas, pero no tienen este verde, esta luz lujuriosa y cálida».

Pero la ciudad antes de estos 20 años, tampoco era muy democrática que digamos. Ahora es el momento menos democrático que yo haya conocido, pero eso no quiere decir que antes lo fuera en exceso.

—El totalitarismo apaga las ciudades, el miedo atrinchera. Sin espacio público, sin niños en los parques, con colas por la comida dosificada no hay debate, no hay ciudadanía, no hay ciudad. Hay una escena dolorosa.

Desde el periodismo, en su afán de denuncia, se hizo durante décadas muy “mala prensa” a Caracas. ¿Tenemos algún tipo de responsabilidad los periodistas en ello? A pesar de que se decían muchas verdades, sobre su malestar, se dejaban de decir cosas que le permitieran levantar el ánimo. ¿No?

—He pensado mucho en el periodismo y sus responsabilidades. Dejar de denunciar es callar y eso es inconcebible. Pero no hemos dicho toda la verdad, y la verdad –que no es ser complaciente–, es decir que en Caracas ha habido maravillas: en Marín, en La Pastora. La modernidad ha sido una maravilla, tanto que el Aula Magna (UCV) deriva en templo, en bendición. La última vez que la visité, al entrar a un concierto de Alfredo Rugeles, me persigné. Pero ¿es nuestra tarea ver la información desde cierta distancia y encuadrar cada denuncia en un todo, organizar, vincular mientras disentimos? Puede ser.

Pensar la ciudad de manera integral es un ejercicio no muy frecuente en el periodismo. Celebro que en tu caso particular te has dedicado a exaltar la ciudad como fuente de diversidad, más de oportunidades que de problemas.

—La ciudad es la enorme sala de mi casa, la sala de la casa de todos. ¿Cómo no amarla? ¿Cómo no querer que bajen los muros, que pueda ver La Estancia y sus jardines?, ¿cómo no anhelar que bajen en Los Chorros, que se ha convertido en un túnel, un laberinto?

«La diversidad es una bendición. Caracas son mil Caracas. La Vega y La Lagunita, La Candelaria y San Bernardino, El Cafetal y Petare. Hay muchas Caracas y poder conectarlas me seduce. Caminarlas, unirlas con bicis, intentar distintas formas de conexión».

Viví un tiempo en Londres, donde la municipalidad revisa el muro que vas a reparar y cuida de que coloques el volumen, el color, las medidas exactas. Nuestra heterodoxia es esencial, ¿pero será que este paisaje da cuenta de algún inconveniente para ponernos de acuerdo? Ves los balcones de la fachada de los edificios y cada uno es distinto, aunque eso ha cambiado.

Acá veo cada vez más balcones enrejados.

—Sí, yo amo los balcones. Amo la arquitectura y de una obra de arquitectura, mi pieza favorita, es el balcón. Los balcones son arquitectura y periodismo, un balcón es una página que se escribe en vivo. Siempre hay una bici, un tipo en camiseta. Los balcones son abiertos, pueden ser muy parlanchines, y sexys. Los edificios se vuelven ciegos, mudos, mientras los balcones son ojos y bocas.

También amo los puentes, que también son literatura. No hablo de poesía. Digo que la palabra enlaza, conecta, comunica. Aunque, como dice (Rafael) Cadenas, a veces uno pudiera reclamarle a la palabra por qué alguna no quema la boca de los tiranos.

Veo en tus textos ese ejercicio, de catálogo abierto, de todo lo que te seduce, jugando a los matices que se tocan, a lo que se complementa, a lo híbrido. Sin embargo muchos en Caracas juegan a los extremos polares: el Ávila es lo máximo, e incluso lo único. El Guaire, lo peor de Caracas. ¿No son una misma cosa Ávila y Guaire?

—El Guaire es una maravilla. Está sucio, eso es todo. Las ciudades, en su mayoría, han nacido al lado de un río. El Nilo o el Támesis, que estuvo muerto un tiempo y luego de un devoto proceso de recuperación, ¡fueron 20 años!, volvió a vivir y hasta tiene peces. Detesto que al lado del Guaire haya construcciones, modulitos de Barrio Adentro y canchas a sus orillas hechas por Misión Vivienda.

¿Qué debería haber al lado de El Guaire? Al lado está la autopista Francisco Fajardo.

—Es antiestético y peligroso ¡Si hay una crecida pueden imaginar el riesgo! El río debería tener unas orillas verdes, con bancos para la contemplación, y estar limpio. Antes fue balneario y podría volver a serlo.

Si te imaginas bancos en sus orillas, entonces no ves la autopista a su lado para siempre.

—También iba a decir eso. No solo lo convertimos en vertedero, le dimos la espada sin conmiseración, colocándole una autopista encima. ¡Ay, Cheo, nos toca tumbar elevados, el horrendo que se colocó frente al parque del Este, y acaso la autopista! Algo hay que hacer para humanizar ese viaducto, esa hendidura. No sé por qué no somos devotos de nuestra belleza. A mí me hace mejor la belleza, la necesito. La belleza no es coquetería –que igual está bien–, es armonía, creatividad, respeto, es amor. La autopista es un correazo, una celebración ebria.

O más bien una borrachera. Parece que la belleza –como armonía, creatividad y respeto (incluso como coquetería)– se ha estado alejando. Las rejas en la ciudad son de lo más antiestéticas. Y ni se hable de las “soluciones viales” de Haiman El Troudi, ni de las cajitas de fósforo para vivir de Farruco. También es antiestético derrumbar hermosas edificaciones para dar paso a una arquitectura repetitiva en Las Mercedes.

—Las Mercedes me duele. Son hachazos. Los edificios no le dan por los talones a las construcciones que sustituyen. No por lo altas sino por lo convencionales, por feas, por ¿antiecológicas? Arquitectura pesada, sin identidad. Roma es Roma porque se parece a Roma. La vida es cambio, pero no tiene por qué ser febril, compulsivo, obsesivo.

En ese sentido Caracas parece estar muy viva, porque cambia mucho, sin embargo ¡está siempre tan igual!

—Cabrujas decía que cuando Caracas quedara lista quedaría bien bonita. Ojalá siempre haya algo que hacer, que no sea un mandato destruir, que es una forma de no-amor. Sufrí cuando tumbaron el Gastizar (Las Mercedes).

La inercia parece comerse nuestra ciudad. La policía matraquea desde que soy niño. Los carros ocupan las aceras desde que di mis primeros pasos. Cambia mucho, pero se queda igualita.

—Está viva, pero no sana. El ritmo pasional seduce, pero es casi hiperkinético el asunto. A la vez, ahora mismo parece detenida, hay tantos edificios abandonados, como ese hermoso de Chacaíto lleno de maderas sus ventanas y las paredes pintarrajeadas (Mendi Eder). El grafitti es un tema: adoro una pintura mural que aprovecha una grieta y a partir de allí convierte la fisura en flor o nariz, pero que pongas tu nombre me parece necio. En la UCV sirven para marcar territorio entre los que necesitan mandarse mensajes a través de códigos vandálicos. Afortunadamente los estudiantes los están borrando, desde el voluntariado.

Algunos caraqueños tenemos más consciencia de la importancia de ser mejores, porque solo así la vida es más feliz. Sí ha habido cambios. No conocía tantos grupos ni tantos “colectivos buenos” como ahora, haciendo cosas a favor y cerrando filas por la causa. Una sampablera por Caracas la piensa y le obsequia su devoción por la bici que enlaza con charlas y tertulias bañadas de chocolate. Tú la has caminado. Mi Convive en La Vega trabaja con los que han tenido experiencias terribles por la violencia y son portavoces de la paz. Los resultados nunca son rápidos, no queda otra que persistir.

Pero somos lentos los humanos, no hablo de los caraqueños. Todos. Todavía hay racismo en el mundo. Y monarquías, aunque los príncipes de ahora son más aterrizados.

¿Sientes que has ayudado a articular gente que piensa Caracas de manera diferente?

—Ojalá, mi anhelo –esta es mi palabra favorita, con esa hache en el medio que es como un suspiro– es que cada quien ame la ciudad donde vive como a sí mismo. Amarnos es siempre una buena ocurrencia. Amar es no tirar basura. Así como he arrancado las pegatinas de los metrobuses que dicen “esta unidad fue rescatada de la derecha fascista bla bla bla”, le he recogido el papel a más de uno que lo lanza al piso y le he hecho notar que se le cayó.

En 1999 una idea de la Constituyente fue la Alcaldía Metropolitana, contra la que han atentado. Pintarrajearon la fachada del edificio que era su sede cuando el oficialismo perdió las elecciones –no olvido las frases: “somos malos perdedores”, ¡vaya confesión del talante antidemocrático!–. Luego le quitaron el presupuesto, la sede y, por fin, en el ínterin, apresaron al alcalde. Escogieron a dedo un funcionario a la medida para una institución paralela, hasta que la cerraron y un gentío quedó en la calle. Eso pasó en nuestras narices como pasó que la estatua de Colón fue decapitada. ¿Un rencor de cinco siglos? Con todo, tengo esperanza porque veo gente fajada y siempre lo que se hace produce consecuencias.

A veces me meto en debates que me recuerdan al filósofo Briceño Guerrero, que decía que aún no tenemos incorporadas, adheridas, internalizadas, fusionadas las culturas que nos constituyen: tenemos al retrechero que se alza para vencer las cadenas a la vez que hemos tenido el modelo del mandón. Somos mandones e insumisos, reacios a ser mandados. Pero el humor es una manera fantástica de convocar, de sugerir. Es inteligente y a todos nos gusta que nos seduzcan. No solo hablo de la seducción de aquel que te gusta, te seduce un político, una idea, un araguaney.

¿Has entrevistado en tu programa a hacedores de ciudad que defiendan la idea de la “Caracas socialista”?

—He invitado a pocos de los que sustentan el caos que vivimos, aunque no rehúyo jamás una discusión similar. Creo que hay que multiplicar esas ocasiones, son oportunidades escasas por las mismas condiciones que plantea el que cree en un dogma. Una vez hablamos con un funcionario del Metro que defendía su gratuidad, y acaso ahora es muy útil pero podemos ver los resultados en el descuido de las estaciones de ese medio de transporte que fue ejemplar. Una vez alguien también dijo que le agradecía su cargo a Jorge Rodríguez. Imagínate, había escrito un texto en un portal de noticias que había titulado “Ser malo es rico”. A ese portal le robaron, dos o tres días después de la publicación, todas las computadoras.

Creo que invitar gente creativa, fajada, con buenas ideas, puede ser una forma de convocatoria, de suma.

¿Cómo ves la Misión Vivienda?

—La arquitectura es un lenguaje. La arquitectura es líquida. La arquitectura es vínculo. No es solo el edificio, es su relación con el afuera. Es la obra y la acera que media entre ella y la calle, y la calle misma. Es un todo.

¿Te parecen “líquidos” los edificios de Misión Vivienda?

—Misión Vivienda no es arquitectura. La idea urgente de darle espacio a los necesitados no es discutible ni cuestionable, pero esa respuesta tiene que ser aprovechada como una forma más de conexión en esta ciudad sin diálogo.

«A todos nos angustia la invisibilización de los barrios, la ruptura nuestra que se hace patente en el paisaje. Nos sigue pareciendo un ardor esa foto de La Urbina y Petare. Pero Misión Vivienda parece una irrupción, no un proyecto. Parece una venganza, y además es un negocio. No fluye mucho esa relación, lo que se percibe es la frontera».

¿Una venganza por qué?

—Si quieres enlazar Caracas y sus aristas, los puntos que se dan la espalda, debes hacer la propuesta, convocar. No darle espacio en un sitio, como un trasplante, a una serie de familias que se mudarán a un lugar, sin colegio, sin fachada, de estética socialista, con las ventanitas compradas seguramente al mismo productor (todas miden un metro con 20 centímetros). En esos edificios las motos suben escaleras, y no hay contacto con la calle. ¡Y detesto la firma! ¿Ponemos la firma de Carlos Raúl Villanueva en la Universidad Central?

Esa regla tiene excepciones, me refiero a la de la mala arquitectura, no a la firma.

—Creo que muchas acciones políticas –el término político es muy hermoso para lo que diré– en realidad son expresiones de visceralidad. La justicia no tiene nada que ver con cortarle la cabeza a Colón, a rebautizar a algunos venezolanos como apátridas con la neolengua. Ese discurso se parece a la obra, a la “Misión”, al edificio incrustado que lo que hace es subrayar las barreras. En la Misión Vivienda de la avenida Bolívar los habitantes demarcaron el espacio público y lo convirtieron en propiedad privada, en canchas cerradas. Las diferencias no se salvan, se exacerban. ¿Por qué no importa eso? Porque también hay la intención de generar molestia, la política de la incomodidad. Eso es venganza.

No, definitivamente no fluye. No es líquida esa arquitectura, ese plan. No hay intención de aproximación ni de hacer puentes, que al final es la política. Creo que hay marcaje: “esto es territorio chavista”.

¿Cómo describirías la Caracas después del “Caracazo”?

—Después del Caracazo quedamos heridos, avisados, esperando otro. Ciudad Caribia se cae, aunque algunas funcionan. Barrio Adentro se alza a orillas del Guaire. Misión Vivienda llega hasta el Museo de Arquitectura, ¿pero se ha construido cumpliendo con normas y procedimientos?

Después del Caracazo nos hemos visto con asombro. Fue un retrato duro de nosotros, el saqueo y la muerte, el desespero y el horror. Para algunos ese 27 traumático cobró vida un temor latente, sin duda clasista. Clasista como Chávez, que amenazaba con llamar a los pobres para que lo defendieran como si fueran suyos, sus súbditos.

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Foto: Mauricio López

Vivir la cotidianidad se ha vuelto una suerte de acto heroico.

—No se respetan las normas ni los rituales de participación, no se busca consenso ni se informa, no se rinde cuenta. Aún así uno tampoco se rinde. La cotidianidad, creo que lo dije arriba con relación a una línea de periodismo, es dura y heroica: conseguir liquidez, abordar el transporte público, para quien maneja tener el carro en forma, comprar los alimentos, hacer colas, conseguir las medicinas, tener luz, conectarte por internet, hablar con el vecino que está atrincherado tras serpentinas, muros, cables.

Reivindico el término caminadora, lo soy, me gusta. Reivindico el término callejera: lo soy, me gusta serlo. Amo la libertad. Y el miedo nos la pelea, le da zarpazos, le hinca el diente. Le tengo miedo al miedo.

Hablando de heroísmo y de caminar: ¿cuál es el trayecto más largo o raro que has hecho a pie por Caracas?

—Aquel 27 de febrero salí a casa de una amiga en El Valle y de regreso –debía volver a la revista Viernes, en Los Palos Grandes– el autobús se detuvo junto a Roca Tarpeya y el conductor dijo: no sigo más. La gente se bajó y se desapareció como por encanto. No había nadie en la calle, eran las 2 o 3 de la tarde. No sabía qué pasaba. Cada tres por dos me encontraba con un caucho quemado, pero nada, ni nadie. Caminé hasta Parque Central y me metí en el Metro, que estaba atestado y cada vez se llenaba más y no avanzaba. Al cabo de una hora salí afuera y caminé hasta Sabana Grande, Chacaíto. Ahí conseguí una cola que me dejó en Macaracuay. Empecé a caminar a casa y me encontré con un tío: siempre consigo gente que me auxilie, en la ciudad hostil y asombrosa.

En esta ciudad, en la que una pasajera le dice al chofer del autobús “usted sí es malo”, porque no la deja donde quiere, me topo siempre con gente empática. Siempre consigo contrapeso, y eso me alegra. Sé que me va a ir bien. Una noche caminé desde la UCV hasta Las Mercedes, a la salida de un curso que dictaba María Antonia Palacios, sobre los vínculos entre la palabra y la música, como lenguajes. Y un mototaxista me reconoció y se ofreció a llevarme a casa “barato”.

Pero los mejores recorridos han sido las rutas caraqueñas que he hecho con LuisRa Bergolla, y sin duda con CCSCity450, porque añades a la experiencia de caminar el ir con la manada urbana de otros caracadictos. Como dice Federico Vegas: la belleza también está en la mirada, y 200 personas mirando los edificios maravillosos que tenemos, y redescubriendo sus líneas, sus curvas, la nobleza de sus materiales, es una experiencia que engolosina. El Mónaco de Altamira es uno de mis favoritos de Caracas. Desde niña recuerdo amar edificios y querer que sean mimados. Creo que la belleza que hacemos y defendemos es espejo que nos complace y embellece. Claro, tenemos que mimarnos, nos hemos tirado demasiadas piedras.

Como sociedad no hemos hecho frente, en serio, a la violencia. Más bien “optamos” por el encierro, que parece la fase superior del miedo.

—Sin duda, hemos “solucionado” con barrotes. Nos encarcelamos nosotros y el hampa suelta, y a cargo. Nos organizamos para la garita, pero acaso no para exigir medidas más profundas y menos portátiles.

¿Algún tema para investigar a fondo que te haya quedado pendiente?

—Ahora mismo es complicado ser predicador, comer, y mantener el talante a punto. Yo diría que conocer Caracas: es siempre la misma, siempre distinta, siempre impredecible. Es siempre un hallazgo, una misteriosa y coqueta desconocida –además, soy despistada–. Quisiera que nos conociéramos más. Una cosa es la intuición y otra ser justos, valorarnos, saber a qué atenernos. Nos movemos mucho con prejuicios, y la ciudad sin prejuicios, como dice Héctor Torres, es más grande.

Amo Caracas, sus acertijos y laberintos, incluso lo inconclusa, lo difusa y confusa. Amo que tenga un piso italiano llamado mezzanina y amo que haya sido tomada por guacamayas turquesa, que cuando les da el sol en sus panzas amarillas parecen rebotar su luz. Caracas es guacamayas y ave Fénix. Renacerá de entre sus cenizas…

Supongo que te tocó cubrir el Caracazo. ¿Qué crees tú heredamos, como ciudad, de ese momento?

—No lo cubrí, pero el Caracazo nos cubrió a todos. Te decía arriba que dejó una suerte de alerta, como que estamos pendientes de un bis. Como que lo temido se hizo real y ahora de alguna manera se aguarda, hasta se invoca. Pero ¿eso es lo que heredamos? ¿qué otra cosa deja? Te hablaba también de que esa brecha que vemos cuando no se visibiliza –paradoja–, esa ruptura que está en el paisaje, esa fractura que está registrada en muchos ángulos y esa foto viral de La Urbina/Petare, nos hace pensar en la importancia de hacer conexiones que no son utópicas ni remotas. Todos somos y hacemos Caracas.

El Caracazo no es lucha de clases, y acaso fue un jaleo del que ahora se hacen responsables los mandones. Nos rebasó, es un espejo dramático de desesperación, saqueo, ¡ay el saqueo!, y muerte. Nos vemos en la calle pocas veces para la celebración, y en cada marcha sentimos que volver a ella es un gusto. Pero la calle es protesta y riesgo, es arena de lucha.

Por eso adoro los recorridos citadinos: ves, palpas, conoces y reconoces, y amas la ciudad que tiene tantas maravillas traspapeladas, disimuladas por la malquerencia y la mala gerencia.

Suele suceder que los periodistas hablan más de la ciudad que desde la ciudad.

—Ahora se escribe más desde, que de. Y los escritores, que siempre han tenido a Caracas en su tinta, ahora cuentan rabias, penas y bellezas –todo lo que es inocultable–, desde ella y desde un cierto dolor que los mueve. Una cierta culpa se mezcla con un cierto desdén y entonces convenimos en etiquetar la riqueza como corrupción y la pobreza como peligro. Y es más que eso. Herrera Luque, que cumpliría 90 años, añadió al imaginario el término de los amos del valle. Todo se conecta, estoy persuadida de ello.

Conocemos y reconocemos por la tele las calles de San Francisco de un vistazo, sin haber ido, pero no nos vemos porque hay desamor, pudor, vergüenza. No tenemos por qué esconder ni la belleza ni la ruindad, nos pertenecen, nos toca resolverlas. Que las veamos y aceptemos no es que nos resignemos. Tenemos que vivir Caracas, en ella y por ella. Vivimos con pinzas. No sé si la palabra Caracazo, que suena a porrazo, también se oye con sentido épico, tal vez. Pero hay una violencia en el lenguaje de medios y programas de tele –Aporrea, La Hojilla, Con el mazo dando–­, que también han utilizado el lenguaje de la seducción. Es como si, para no parecer tan tiernos, preferimos lucir ariscos. Así es Caracas: tierna y arisca.

Un posible aporte desde el periodismo de ciudad, es desmontar unas formas del lenguaje que perpetúan el abismo social, las distancias, que se encargan de remachar las diferencias.

—Hemos hablado de la palabra que nombra, que designa, que transforma, que reinventa, que hace puentes y que es neolengua, que ha cambiado significados. Hablar, según el diccionario de la opresión –el verbo puede ser someter– está, como dicen en psicología positiva, “resignificado”. Esto es en el caso del poder, una forma de borrón, de olvido, de desamparo. Al hablar, al escribir, al narrar tener conciencia de la palabra que nos identifica, no la que nos destierra, es una forma no de incomunicación sino de resistencia. Los eufemismos, las trampas, las zancadillas de cada palabra lavada en rojo intentan disfrazarla, reducirla, convertirla en dardo, en bastión. Un “colectivo” es un grupo de personas afanadas en lo mismo, el DRAE dice que vinculadas por lazos profesionales. ¿Por qué llamarlos así, en vez de bandas o grupos armados que hacen las veces de paramilitares o milicias?

Cuando te pregunto sobre el lenguaje, el enfoque que das, está dentro del esquema de la polarización. Para mí, los problemas del lenguaje superan la polarización ampliamente: “ciudad informal” es usado por todos; “pobres y ricos” también; así como referirse a “problemas de vialidad”, en vez de preguntarse “¿accesibilidad?”. La visión de ciudad está construida sobre clichés y mitos. ¿Podemos ayudar a desarticularlos desde el ejercicio periodístico?

—Sí, claro, te decía que la palabra es una herramienta que nos pertenece a todos y podemos y debemos darle el mejor uso, comunicarnos, reconstruirnos, reconocernos. La palabra sirve para eso, el profesional que trabaja con ella debe, porque sí, tener más conciencia de ello. La “ciudad informal” es toda: en La California suben pisos, en las riberas del Guaire el oficialismo monta barrio adentro. Los resquicios de fuga parecen tentarnos siempre, es imán lo prohibido. La devoción y el respeto por el lenguaje podría ayudar a desmontar contenidos prejuiciados, clichés.

Siempre he criticado cuando los periodistas, al describir la calle, meten en una misma lista, “caos, basura e indigentes”, como si todo perteneciese a una misma categoría del desperdicio.

—Se leen cosas muy ramplonas y desangeladas. El lenguaje se ha enflaquecido, como los cuerpos. Pero la vocación, la pasión, son antídotos contra las generalizaciones. El periodismo no es tanto respuestas como preguntas. Las primeras preguntas son contigo: ¿qué dije, qué quise decir, cómo es que puse esta palabra al lado de esta otra, cómo se entenderá esto? Esas preguntas surgen del deseo de hacer un texto impecable. De comunicar bien. Esas preguntas obligan a la relectura y vienen de ella. Leer es una forma de escritura, así como escribir es leer.

Hay mucha violencia, exclusión y machismo en el verbo militar y oficialista. “Te voy a dar lo tuyo”. Pero la lengua es de todos, y nos corresponde usarla como el acuerdo que es, un conjunto de formas y normas para entendernos. Creo que hacer una Babel es parte de la intención de la hegemonía comunicacional, pero ¿cómo apropiarse o expropiar la lengua? La censura es un intento, pero no se puede callar y cortar todas las lenguas.

Las plazas están militarizadas desde hace años, y parece como si lo hubiésemos aceptado sin rechistar. ¿Qué piensas?

—Está militarizado el espacio público, las plazas, para que no se muden los carentes o para que no tenga lugar la democracia. Pero también nos encerramos por miedo, y la calle está sola, está militarizada la plaza y la vida. Nuestros derechos se las tienen que ver con las botas. Creo que tenemos que ser más civiles y civilistas que nunca, decisión que implica riesgos y es un costo. Toca organizarnos, tomar las plazas también.

¿Cómo se toma una plaza? Yendo. ¿Podría una botella decir plaza y la tomamos, y aprovechamos y le brindamos al de verde armado? Quizá.

Caracas es una milhojas cortada transversalmente, sus capas saltan a la vista, vemos la historia amasada con el presente y los bocetos de futuro enredados en las raíces vigorosas de los jabillos, que irrumpen y rompen las aceras como quien se quita las sábanas cada mañana. Yo entiendo el que se va, pero las ciudades y los países se hacen. La tranquilidad y el desarrollo de otros países fue forjado, no fue un regalo divino.

 

Esta entrevista fue publicada por primera vez el 21 de marzo de 2018 en el portal Prodavinci con el apoyo de la Fundación para la Cultura Urbana.

 

 

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