El barrio hoy es más barrio que nunca

Gilberto D-4-2

Gilberto Dan es como esos actores de reparto que aparecen en
muchas películas que uno ha visto. Siempre bajo perfil, trabajando calladamente
para que la escena tenga profundidad y sentido. Lo conocí la primera vez en
Catia, por Los Frailes, en compañía de José Quintero, líder de Pro Catia. Luego
apareció de nuevo por Julián Blanco, en Petare, acompañando al arquitecto y
profesor de la FAU/UCV, Pablo Molina. Luego en un taller relacionado con barrio
Unión de Petare y La Palomera de Baruta, organizado por Elisa Silva y Ana
Cristina Vargas. Siempre en experiencias asociadas a organización y
participación comunitaria en sectores populares. Si alguien le pregunta por
Gilberto a Josefina Baldó, a Teolinda Bolívar o a Yuraima Martín, muchas serían
las historias y los agradecimientos.

Ha participado en procesos de formación relacionados con el tema, en
el Centro Gumilla y en el IESA. Entre 2000 y 2004 participó en el programa de
Formación y Desarrollo Comunitario que realizaba la Universidad Simón
Rodríguez, en alianza con el Instituto de Desarrollo Social de Italia. Pero
todo indica que su carrera en estas lides comunitarias se define cuando apenas
tenía cuatro años, exactamente en el año 60, cuando vive en primera persona una
invasión, la primera de muchas que le tocó conocer y vivir. En ese momento su
mamá participó en la invasión de unos terrenos por Cotiza, parroquia San José,
donde nació el barrio 11 de Agosto. Allí ella construyó la casa donde todavía habitan
algunos de sus hermanos y donde él, cada vez que puede, pasa largas estancias.

Esa invasión se produce, como tantas otras, por la necesidad de vivienda
de unas familias damnificadas por las lluvias y los deslizamientos de un 11 de
agosto, en este caso del sector Los Lanos, donde se cruzan las quebradas Cotiza
y Anauco. Su mamá llega un poco después. “Ella venía de un lugar que se conocía
como ‘la vuelta de la mierda’, en el barrio La Unidad, ya del lado de la
parroquia Altagracia”. El nombre, estima Gilberto, se debía a que hasta ese
recodo bajaban las aguas negras de la parte alta del barrio, vecino de otros
dos: La Palomera y 7 de Septiembre, que finalmente desaparecieron a principios
de los 70, La Unidad porque cedió un talud, los otros dos por la construcción
de la Cota Mil.

—Allí comienza ese proceso comunitario, donde lo primero era
consolidar la invasión. Eso significaba estar muy pendiente de la amenaza de la
Guardia Forestal, que estaba en Cotiza y de vez en cuando llegaban a caballo
con la intención de tumbar las casas. Era un enfrentamiento recurrente, casi
siempre en las tardes-noches o en las madrugadas. Teníamos brigadas de
vigilancia, y nuestras estrategias para el enfrentamiento. Hasta que por fin el
barrio comenzó a desarrollarse. Se construyeron muchas viviendas, y empieza el
proceso de urbanismo que generan los propios vecinos: cómo llevar la luz y el
agua, cómo generar el sistema de drenaje de las aguas servidas.

Todo eso se hizo desde la organización de la gente. Organización
que aparentemente era muy precaria, pero no era así, a juzgar por el éxito que tuvieron
en tan corto tiempo. Era muy asertiva y mucho más compleja de lo que parecía.
Desarrollaron sus primeros callejones, las primeras escaleras, la vía
principal, el primer alumbrado doméstico y público. ¿La electricidad era
robada? Sí, pero lo cierto es que se genera ese sistema, al igual que el de los
drenajes y del suministro de agua potable para todos. Ese proceso dura, más o
menos, hasta el año 64, cuando el sector comienza a ser visitado por
organizaciones partidistas que llegan a ofrecer cosas.

—¿Eso sucede cuando se
dan cuenta de que ya no tiene sentido oponerse al crecimiento del barrio?

—Cuando comenzaron a aparecer las primeras casas con bloques.
Hacer una casa en un barrio es un esfuerzo muy grande, primero porque quienes
las hacen son personas con ingresos muy bajos, y además porque están obligados
a comprar todo de contado, porque los pobres no tenían financiamiento para
vivienda.

—Además del costo de
trasladar los materiales hasta allá.

—En aquel tiempo se tenía la condición de doble jornada,
porque tenías tu trabajo formal, o informal, lo que hacías para vivir, y
adicionalmente tenías que hacer cosas para la consolidación de tu casa, además
de trabajar en el barrio para consolidar el urbanismo.

—Como lo señala el
psicólogo social, Andrés Antillano, la gente trabajaba en el día en la
construcción de la ciudad de los otros, y en la noche y los fines de semana, en
su propia ciudad. Ahora, ¿cómo das el salto de esa experiencia vivencial, a la
acción comunitaria como tal?

—Siempre participé en las organizaciones comunitarias donde
estuve. Pero fue a partir del año 99, cuando asumí cabalmente mi rol como
activista en la comunidad. Cuando vi el trabajo comunitario como una
participación en la consolidación de futuro.
El deslave del 99 afectó a siete sectores de barrios, de urbanismo continuo, y
a tres sectores cercanos, de unidades de diseño aisladas. Todos estos sectores
tenían en común que eran circundantes a las quebradas Cotiza, Anauco y Gamboa,
que todas terminaban siendo Anauco. Todas fueron afectadas el mismo día.

—¿En ese momento vivías
allí?

—Yo vivía en el 11 de Agosto, aledaño a Cotiza.

—Y te implicaste en lo
que estaba ocurriendo.

—La situación era, más o menos, que ocho mil personas se habían
quedado sin vivienda. Era un problema grave.

—¿Cómo se resolvió?

—En realidad eso no se resolvió nunca, digamos que se ha resuelto
parcialmente o que está por resolverse. Allí no fue que se cayeron las casas,
sino que los sectores quedaron tapiados por el material que bajó del cerro:
arena, piedras, árboles. En el sector 2 de Octubre, por ejemplo, uno caminaba
por encima de los postes. Para ilustrarlo: para cambiar un bombillo de un poste
hubiésemos tenido que agacharnos. Ahí colapsaron todos los servicios: aguas
blancas, aguas servidas, caminerías, vialidad.

—¿Qué se planteó la
comunidad en ese momento?

—La comunidad planteó, al principio, una solución habitacional,
donde fuese. Había gente que no quería volver allí, y partieron a refugios
solidarios de familias en el interior. Otros se fueron a los refugios que
ofreció el gobierno en ese momento, en Conejo Blanco, de Fuerte Tiuna. La
verdad no había una idea clara de lo que se debía hacer. En ese momento surge
la figura del sacerdote Carlos Luis Sirvent, que comienza a trabajar con los
sectores de la comunidad de Anauco. Su primera propuesta era organizarse. Él planteaba
en ese momento que al ser Vargas la prioridad, tendría toda la atención dentro
y fuera del país, y que en consecuencia hasta las ayudas nos iban a negar.
Entonces planteó que sacáramos nosotros mismos las toneladas de sedimentos,
pero eso no se podía hacer con palas y carretillas. Entonces una feligrés,
Rebeca Velasco, contacta a la arquitecta Mariela Rivas, ambas trabajaban en el
CONAVI (Consejo Nacional de la Vivienda).

El ingeniero Eduardo Martínez, que también se involucró en la búsqueda
de soluciones, le dijo a la comunidad: “ustedes en este momento lo único que
tienen para negociar son las casas, y lo que se tiene para negociar no se
entrega, así que nadie se va de aquí hasta que no haya una propuesta seria. Y no
tienen por qué irse, ustedes tienen derecho a vivir en Caracas. ¿Qué van a
hacer yéndose a Tucupita o a Amazonas, si ustedes vinieron de allá y tienen 20,
30, 40, 50 años viviendo aquí?”. La comunidad asumió eso y empezó a buscar
formas de organización. Era muy complejo, pero tuvimos el apoyo de Carlos Luis,
que decía que la organización debía “partir de lo pequeño y asociarse a lo
grande”.

—¿Qué era “lo grande” en
este caso?

—La idea era organizarse por sector, para luego asociarse a los
otros sectores en una organización que nos representara a todos.

—¿Eso se logró?

—Sí, se logró ACA 2000, que es la Asociación Civil Anauco.

—¿Cuál es el logro de
esa organización?

—Logra asociarse y comprometerse con el CONAVI, para retirar la
gran cantidad de material que había sepultado las viviendas. Era tanto que nos
tomó entre cinco y seis meses, de lunes a sábados, con varias unidades,
sacarlo. Las viviendas que se tenía expectativa de recuperar, se recuperaron
todas. La gente pudo volver a sus viviendas, pero el objetivo era que volvieran
con una situación de vulnerabilidad menor a la que tenían antes. De la
comunidad de Anauco sale entonces un sistema de alerta temprana. Con la
vivencia de cada uno de los sectores se logra construir el mapa de desalojo en
caso de contingencia, que luego sirvió para la gente de La Guaira. También se
instaló en La Paz, a través del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD), y se conoció también en Colombia y Ecuador.

—Cuéntanos rápidamente
en qué consistía.

—En dos aspectos: primero, que la gente tuviera consciencia del
riesgo, y en segundo lugar que contara por qué había sobrevivido, recoger toda
la experiencia, por donde moverse y por donde no. Así surgió el mapa de
evacuación. La gente contó los problemas que tuvo esa noche, para refugiarse.
Se refugió en el Oncológico Luis Razetti porque no pudo hacerlo en el Mercado
de Cotiza porque estaba cerrado. Toda esa experiencia se sistematizó.

—¿Y fue útil en algún
otro momento?

—En el 2005. Producto de la construcción de la Cota Mil quedaron
las quebradas con drenajes muy pequeños y se taparon. Eso hizo que a la altura
del puente forestal de Cotiza se hiciera una laguna grandísima. Gracias a la
asistencia técnica de Eduardo Martínez, que era ingeniero hidráulico,
entendimos que esa laguna era peligrosa, que había que monitorearla. Nos
percatamos de que había remolinos y eso significaba que había un escape que
haría presión sobre los drenajes. Se habló con Protección Civil y le dijeron a
la gente que podía estar tranquila, pero la gente seguía inquieta. Todo ese
montón de agua bajó y cayó en Los Aliados, arrasó unas cuantas casas, pero no
hubo pérdida de vidas. Mucha gente logró sacar sus enseres porque funcionó el
sistema de alerta.

—Me estás hablando de
una organización comunitaria que nace desde el origen mismo del barrio. Nace la
organización social a la par que está produciendo el barrio. Se va configurando
con las necesidades: de servicios, de consolidar el urbanismo. En los
urbanismos pensados desde una oficina se suele decidir dónde va y cómo se
resuelve cada cosa, el barrio exige un acuerdo entre la gente. Esa organización
tiene un correlato que es el de las asociaciones de vecinos, en sectores de
clase media, que se fortalecen sobre todo hacia la década de los 80. ¿En algún
momento se entrecruzaron estas formas de organización?

—A través del tiempo he venido pensando, algo que también señalan
algunos expertos, que los únicos que tenían real capacidad de organización de
la sociedad, después de la caída de Pérez Jiménez, eran los partidos políticos.
Esta destreza que tenían no la soltaron. Crearon el “Movimiento Pro Desarrollo
de la Comunidad”, las “Juntas Comunales”, por los nombres que le ponían podías
presumir a qué partido estaban afiliados. En la clase media el partido de mayor
influencia era Copei, que más o menos dibuja y domina la figura de las
asociaciones de vecinos, hasta que aparece Elías Santana con una auténtica
conciencia vecinal. En esta historia surge lo que creo fue una gran traición de
la clase política, porque con una estructura altamente politizada, ellos
debieron empezar un proceso real de integración, de formalización de los
barrios. Hacia esos sectores que estaban produciendo su propia solución
habitacional, debieron darles el apoyo para el desarrollo técnico y legal en lo
urbano.

En los barrios puedes hacer cualquier cosa, porque definitivamente
las ordenanzas municipales no proceden. Puedes poner la escalera por fuera,
poner la música a todo volumen. ¿Qué ordenanza le pueden aplicar si los
municipios dicen que son “sectores informales”, o “sectores de desarrollo no
controlado”? Mantener ese estado de ilegalidad era una manera de maniobrar y
controlar a la gente, y se debe a ese acto de irresponsabilidad y de traición
de los partidos políticos.

Los años 60 era el momento ideal para iniciar ese proceso de
transformación, de zonas informales a zonas formales. Empezar con las
ordenanzas, que los municipios se comprometieran con un presupuesto anual para
el desarrollo e integración de estos sectores, para la atención de sus
necesidades urbanísticas. Si eso hubiese sido así, no hubiese sucedido lo que
sucedió en Anauco en 1999.

—Los partidos no fueron
más allá, no trascendieron el discurso de la atención desde las instituciones,  para llegar al de la integración. Lo que se
hizo fue mantener el barrio “consolidado”. ¿Eso ha cambiado en estos casi 20
años de este siglo XXI?

—Esa es una perversión que no solo se mantuvo, sino que se
exponenció. Si somos honestos, la gran mayoría de los males que padecemos no
son de ahora, vienen de antes, lo que sucede es que se han exponenciado, se
pierden de vista. Los barrios se han consolidado como sectores informales,
marginales. Ese concepto del consejo comunal, reduce lo más que puede la
organización en el barrio. La fragmenta porque va aislándolos unos de otro. Ese
concepto técnico que permitiría desarrollo e inclusión, acceso a los servicios,
se muere con esa fragmentación: “este es mi pedacito, yo tengo presupuesto solo
para esto”. Nos hemos ido conformando con las pequeñas obras que en ese
pedacito se puede hacer. No estamos contando con la obra grande, estructurante,
que nos puede integrar a todos. Esto ha hecho que el barrio, hoy, en el sentido
peyorativo, sea más barrio que nunca.

—El barrio es como el
alter ego de la urbanización, de la zona industrial, del centro comercial.
¿Dónde vive la gente que construyó el Helicoide? En los barrios circundantes. La
Vega crece alrededor de lo que fue la planta de Cementos La Vega. Donde había
un desarrollo importante, allí florecía un barrio, que aparece etiquetado
primero como “zona marginal”, formando parte del llamado “cinturón de miseria”.
Luego se alude a este como “asentamiento informal”, que contrasta con el
término “urbanismo formal”, una manera antipática de hablar de algo que es
considerado ciudad y algo al que no se le da ese reconocimiento. Cada vez está
más claro, en Caracas, que la urbanización no existiría sin el barrios. ¿Por
qué esa visión de los políticos de antes, del barrio confinado en su no
reconocimiento, como otra cosa, se mantiene incluso después de estos casi 20
años?

—Los políticos nuestros desarrollaron su liderazgo sobre la base
de una figura horrible, que es el clientelismo. Era más fácil que un político llegara
a esos sectores, donde podía haber gente con bajos niveles de formación y con
expectativas de vida concretas, regalando unas planchas de zinc que con la idea
de hacer una escuela donde la gente aprendiera química o a hablar inglés. Una
dádiva siempre genera sentimientos de agradecimiento. En cambio el progreso
cambia las cosas, por eso esa práctica clientelar iba a quedar atrás si la
gente avanzaba en sus expectativas de desarrollo personal. Tener un barrio con
los servicios de electricidad y de agua bien diseñado, que a su vez genere un
sentido del deber, de pagar un derecho de frente, por ejemplo. Eso no lo
permitía el político.

Y eso es lo que también pasa ahora. El clientelismo y la dádiva
son prácticas perversas que mantienen a la gente atada. La gente no avanza, no
se desarrolla. Una persona con otra visión de la vida, mejor y más diversa,
necesita cambiar.

—Los que defienden la
“revolución”, dicen que eso es lo que ellos están haciendo: liberando a la
gente, dándole reconocimiento y dignidad. ¿Hay un debate dentro de los sectores
populares en relación con esto, consideran que se ha afincado el modelo de
dependencia clientelar?

—Lo está siendo. Por primera vez hay gente que asume el Clap, pero
no lo quiere. Lo paga, porque es la única forma de subsistencia, pero hay mucha
indignación en la exigencia de agradecimiento hacia este mecanismo. No sé si es
algo casual o programado, pero me ha tocado ver varias veces cómo a la gente le
dicen: “fulanito, te llegó tal cosa, no me lo agradezcas a mí, agradécelo al
presidente”. Una gran mayoría de partidarios están siendo muy críticos con esta
situación.

—En los barrios siempre
se han aceptado las ayudas, pero también se ha peleado por reivindicaciones. Te
puedo aplaudir, pero no necesariamente me tengo que casar contigo, ¿o sí?

—¿Qué molesta tanto del término “informalidad”? Que el Estado no
está obligado a construir o desarrollar nada en un lugar que no existe. No es
una obligación construir una escalera en el barrio San Pablito, ni construir un
módulo de salud en equis barrio. Y además se sigue dando una cosa tan terrible
como la doble jornada: “te doy los materiales y tú haces la escalera”. Cuando
haces eso en La Urbina o en Macaracuay, tú tienes que dar unas garantías
técnicas de que eso servirá, eso no es así en Julián Blanco. Allí no hay un
acompañamiento para que la escalera quede bien, para que la gente no se canse
tanto cuando suba. No se asume como una responsabilidad del municipio. Más bien
te dicen: “te conseguí seis sacos de cemento, dos camiones de arena, y un poco
de piedras para que hagas la escalera”. La gente se lo agradece y queda en
deuda. Eso genera ataduras. Pero que acomoden la calzada en Macaracuay, o el
drenaje de la calle principal en La Urbina, no genera agradecimiento. Ese es el
deber ser.

¿Cuántos barrios en el país han pasado de ser informales a ser
formales? Por utilizar esa terminología.

—Siempre he pensado que
es fundamental el tema de los términos. En la medida en que hablamos del barrio
como “informal” reafirmamos la idea de que el Estado no tiene obligaciones
sobre este. Detrás de ese “informal” hay la idea de unos territorios ocupados
ilegalmente, de que todas las prácticas están fuera de norma, de gente que
habita siempre en riesgo. Si comenzamos a hablar del barrio como un fragmento
más de ciudad, con sus propias características, eso podría obligar al político
y a la institución a darle otro tratamiento. Y el agradecimiento de su
habitante empezaría a resultar innecesario, y podría borrarte del mapa
electoral si fuese necesario.

—Asumir el término “informal” es como si renunciáramos a nuestro
derecho a vivir en la ciudad. Y el barrio es ciudad, no se puede borrar, está
aquí.

—Al menos un tercio del
territorio metropolitano está conformado por barrios. ¿Si no existiesen, Caracas
sería Caracas?

—Con toda seguridad Caracas no sería habitable. Para que las
parejas de familias de clase media puedan ir a trabajar, a dar clases, a hacer
de contadores, a desarrollarse como individuos, son fundamentales las personas
que trabajan en sus casas, que van a cuidar a sus hijos, a lavar la ropa, a
preparar la comida. Esas personas no podrían vivir en Valencia o en
Barquisimeto, porque no podrían venir todos los días a hacer esa tarea. ¿Cómo
funcionarían los restaurantes sin la gente que habita en los barrios? En los
barrios hay una enorme fuerza de trabajo que ofrece sus servicios. No podríamos
ir a restaurantes. No se podría construir.

—¿Qué otras cosas no
podríamos hacer?

—No se podría hacer ciudad. El tipo que vive en Gramovén, la chica
que vive en el 12 de Mayo, el que vive en El Polvorín, están haciendo ciudad
como lo puede estar haciendo cualquier otro, el universitario o el dueño de una
empresa.

—¿Qué pasa cuando aquellos
que están haciendo ciudad son tratados con desprecio, como si no existieran,
como si fuesen invisibles, o incluso prescindibles?

—Esa estigmatización a veces la asume el mismo habitante del
barrio. Cuando tuvimos el problema del deslave, nosotros expedíamos una carta
de fe a alguna gente que estaba en los refugios solidarios, como constancia de
residencia, que era recibida en cualquier parte. Había gente que en vez de
decir que vivía en el barrio 11 de Agosto, prefería poner en el documento que
vivía en la Calle Real de Cotiza. Esa estigmatización no es otra cosa que
asumirse como parte de la “informalidad”, es renunciar al derecho a vivir en la
ciudad, al derecho a la vivienda, renunciar al derecho a vivir en Caracas y a
ser caraqueño.

La gente siempre quiere estar mejor, estar más bonita, tener sus
cosas. La gente siempre quiere subir su nivel de vida, y además quiere que los
demás lo sepan. Y eso es sano, no es pecaminoso como muchas veces se quiere
hacer creer. Pero para algunos cuando tienes esa aspiración y dices que vives
en un barrio, es como si esta se desinflara.

—¿Hay un sentimiento de
culpa en el origen mismo del barrio?

—Eso puede suceder con el habitante que llega después, o el que
nace allí. Pero el forjador tiene el orgullo y la felicidad que genera el
logro. Cuando hablas con un fundador de barrio ves cómo se le infla el pecho
cuando echa el cuento de cómo hizo su casita, primero con todas las
precariedades, pero que progresivamente la van haciendo lo mejor que pueden.
Hay gente que tiene materiales de calidad dentro de sus casas. Ese es su logro,
su orgullo. Al que nace allí, puede que le compren sus zapaticos bonitos, pero
no siente que conquistó nada y sí siente el estigma que otros le dan al barrio.
Y eso le pega, no así al que conoce el esfuerzo de ese logro.

—¿Hay alguna relación
entre la violencia y esa percepción de las generaciones que nacieron allí, que sienten
que no han logrado nada?

—Sí, pero debo decir que no se siente la desigualdad tanto como se
siente adentro del propio barrio. Y eso también pega mucho. Así como hay gente
que no tiene con qué pagar el pasaje para salir del barrio, hay otra a la que
le va muy bien, pero no se quieren ir del barrio. Tienen su buena vivienda y su
buen carro. Y a veces, groseramente, hacen aspaviento, exhiben ese logro cuando
sacan afuera del carro unas cornetas muy potentes y se beben una botella de
buen licor. Eso le choca mucho al del otro lado. Eso es violencia y le pega más
que saber cómo vive la gente en el Country Club, que nunca la ve, porque esto
es mucho más real.

Pero es cierto que el estigma de no estar en mejores condiciones,
ante una sociedad de consumo que te lo restriega en la cara, produce
frustración, produce motivaciones de otro tipo, produce violencia.

—Cambiando el tema,
muchos programas de habilitación física de barrios se topaban contra la
dificultad de trazar una nueva vialidad porque tenían que afectar viviendas. No
es lo mismo pagar por un apartamento en una urbanización, que construir la casa
de tu familia, generación tras generación, luchando siempre contra la
adversidad. ¿Cómo hacer para sacar espacio, transformar el barrio si existe ese
apego tan fuerte?

—Ese sentimiento de pertenencia es el que va a permitir
transformarlo. Justamente porque no cambiarían su casa por ningún palacio en
Andorra o en Leicester. No solamente construyeron estando “limpios”, sino desde
la adversidad de tener que enfrentarse a la Guardia Nacional, y ese orgullo
tiene que ver con que algunos lograron un muy buen nivel de vida, aunque muchos
no lo crean: “esta es la casa de la señora Petra, la que trabajaba en la casa
de la doctora Mireya”.

La integración de la ciudad no es semántica, la integración de los
servicios del barrio a los del resto de la ciudad debe ser un proceso real,
físico y social. Tener que intervenir muchos espacios porque están mal hechos,
o por su vulnerabilidad, para consolidarlos como en otros sectores de la
ciudad, o porque el barrio está tupido de casas, no siempre es necesario. Pablo
Molina ha demostrado que en todos los barrios hay margen para construir
espacios públicos. Siempre existen los intersticios.

Es importante afincarse en un término que está de
moda, la resiliencia. No podemos hablar de ciudades
resilientes cuando tienes sectores urbanos con amplios niveles de
vulnerabilidad por falta de asistencia técnica del gobierno. Los políticos
deben aprender a asumir sus costos, a asumir la posición correcta sin sentir
que corren el riesgo de dejar de ser políticos. Decirle a la gente que hay que
emprender reformas, que hay que pagar la electricidad, el agua, el derecho de
frente, para que el municipio lo pueda reinvertir en mejores calles, en recoger
la basura, eso necesita dinero y exige el aporte de los ciudadanos. Eso quizás
no le cae bien a alguien que nunca ha pagado ninguno de estos servicios. Pero
eso sería una manera de que exista la obligación, de parte del municipio, de
prestar eficientemente esos servicios. Es el compromiso de pagar el equivalente
a tres cervezas para cubrir el aseo, porque si te pones a ver esos servicios no
son realmente costosos. Hay cosas que no son importantes y las consumimos, las
pagamos. Ese es un trabajo pedagógico que quizá tenga un costo político, pero
que es necesario. Los males de la ciudad parten de responsabilidades
individuales que después se convierten en responsabilidades colectivas.