Andrés Antillano: Pocas cosas afectan tanto la vida colectiva como las decisiones sobre la ciudad

andrés antillano
Foto: Mauricio López

Por Cheo Carvajal | @caracasapie

 

Conocí a Andrés Antillano en el 2005. Lo había invitado a un evento para reflexionar sobre la ausencia simbólica, en el mapa, y la exclusión real del barrio en la ciudad. La ciudad fuera del mapa fue un buen momento para conocer su visión de la ciudad, el papel del barrio en esta y la necesidad de que los ciudadanos pudieran incidir en las decisiones que van moldeando la ciudad. De hecho, algo de lo que dijo en ese entonces lo repite ahora, casi como si fuese un encantamiento: “La gente de los barrios construyó dos veces la ciudad, de día construyeron estas calles, estos edificios, la ciudad de los otros, y en las noches y fines de semana construyeron su propia ciudad, en las periferias, en los resquicios donde el mercado inmobiliario y el Estado les permitían estar, casi siempre desde la resistencia ante los desalojos, en cerros de pendientes pronunciadas, alrededor de las quebradas, en las zonas de riesgo. La primera ley que violaron los pobres fue la ley de gravedad”.

Es psicólogo social, especializado en criminología en la Universidad de Barcelona, España. Es jefe de la Cátedra de Criminología en la UCV y forma parte del Instituto de Ciencias Penales. Fue miembro de la Comisión Nacional para la Reforma Policial en el año 2006. Su área de investigación es la violencia, sobre todo de las condiciones que la favorecen. De sus investigaciones tiene un saco de anécdotas, que cuenta con histrionismo. Quizá sea una manera de exorcizar el horror, pero también una forma de encontrar dignidad y belleza humana en los lugares más complejos.

Andrés es, como él mismo se define, “simpatizante de base” del Movimiento Pobladores, que agrupa varias redes de activistas por el derecho a la ciudad, que a su vez participa de manera singular en la producción de vivienda financiada con recursos del Estado para la GMVV, como el desarrollo frente al Unicentro El Marqués, en la avenida Francisco de Miranda. En estos proyectos, explica, al menos el 50% del trabajo de la construcción es realizado por sus futuros habitantes. Los costos de producción bajan notablemente, al no generar ganancias para las contratistas, y es una forma de que las familias paguen con su trabajo por la vivienda que habitarán.

La conversa la realizamos sentados en la terraza de una panadería en la avenida Miguel Ángel de Colinas de Bello Monte, donde vive desde hace algunos años.

La importancia del barrio, el uso del suelo urbano, la violencia, son temas siempre presentes en tus intervenciones públicas. Quiero comenzar con la presencia del barrio y la negación de buena parte de la sociedad (de la ciudad) a asumir su integración como asunto fundamental de la ciudad. 

—En Caracas se verifica un fenómeno más o menos global, que las condiciones de clase, la identidad, ya no tienen que ver como en la vieja sociedad del trabajo, de cuántos son tus ingresos, sino de donde vives. La distribución en la ciudad define una cierta distribución en la estructura social. Eso quiere decir que Caracas, como en muchas ciudades latinoamericanas en las últimas décadas, se vive un proceso dramático de estratificación, segmentación, fragmentación y exclusión de la ciudad. Volviéndose cada vez menos democrática e inclusiva, más precaria, y esto es un fenómeno que no solo padecen las víctimas directas de la exclusión, los pobres, habitantes de las periferias, sino todos, porque en el fondo esto tiene que ver con la producción de una ciudad inhumana. Que ha quebrado vínculos de encuentro, de solidaridad, ha perdido su carácter republicano. Dramáticamente lo que representa a Caracas son sus accidentes geográficos, uno espantoso y uno muy bello. Sabemos que estamos en Caracas por el Guaire maloliente que nos pasa por los pies y por la vista maravillosa del Ávila. No hay un espacio republicano, la plaza donde tradicionalmente se encontraban los ciudadanos de las distintas clases.

A propósito de los 450 años de Caracas, recuerda el mapa de Juan de Pimentel, que le parece revelador de esta dinámica de exclusión: “Pimentel ilustra unas 20 manzanas alrededor de la plaza Mayor, y habla como de cuatro mil habitantes, pero la mayor parte de la población habitaba en las rancherías de los excluidos de la nueva ciudad, indios, negros libertos y blancos de orilla que estaban en la periferia. Caracas siempre ha sido de las ciudades más desiguales del continente, la magnitud de las personas que viven en las zonas informales no tiene parangón en América Latina”. 

La mitad de la ciudad.

—Más de la mitad, porque ahora deberíamos contar las personas que viven en las nuevas periferias. Ya vivir en La Vega o en Los Sin Techo es ser “privilegiado”, los pobres ahora viven en Los Valles del Tuy, en Guarenas, Guatire, las nuevas periferias son la nueva forma de pobreza y exclusión urbana. Los barrios fueron tolerados porque permitían tener la mano de obra barata, descargando al patrón y al Estado de su compromiso de ofrecer vivienda, que es parte de los costos sociales del trabajo. Se desentienden, inclusive, de la manera como acceden al agua y otros servicios. Los barrios son la condición de la plusvalía de la ciudad, porque la construyen, la producen y reproducen. Producen una ciudad en la que no pueden vivir. Producen una riqueza ajena. Votan, aunque no participen del poder.

¿Eso sigue siendo así, incluso después de estos últimos 20 años?

—Entender los barrios y la ciudad es clave para entender el proceso político de los últimos 30 años. La economía vinculada con el trabajo formal se contrae, casi desaparece. Y esta es sustituida por una economía informal y altísimas cuotas de exclusión, producto del declive de ese “estado de bienestar” de la bonanza del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Resulta entonces que ya la gente ni siquiera puede vivir en el barrio, porque comienza a tener un interés económico. No interesa la mano de obra que contiene el barrio, sino el espacio que ocupan. 

El ciclo de lucha que antecede a la victoria de Chávez en 1998 está más vinculado con lo territorial, incluso a demandas urbanas, que a demandas salariales. La lucha por el agua o por el pasaje estudiantil. El mismo 27 de febrero comienza vinculado a la exclusión de quienes viven en Guarenas. Los saqueos no eran la forma de protesta clásica obrera, sino de gente en su territorio. De alguna manera el sujeto que hace cortocircuito del modelo político en ese momento, está fundamentalmente vinculado a la exclusión urbana.

¿La lucha es más por el territorio que por la inclusión?

—No es solamente por el territorio, pero es un elemento fundamental. Es una lucha que se da ahí porque es donde se juegan las dinámicas más duras de exclusión, de identidad y encuentro. Por eso la retórica comunitaria y de organización del territorio han sido tan importantes en los años del chavismo. La de los sindicatos no tuvo éxito, en cambio la territorial sí. La primera política social exitosa del chavismo fueron las mesas técnicas de agua, eso habla de cómo la población en esos territorios es un sujeto fundamental en la narrativa y las políticas de los primeros años del gobierno. Claro, eso no supone inclusión, porque el territorio supone altos niveles de exclusión y sigue estando marcado.

Cuando la reivindicación es solo por el territorio ocurren cosas como que consejos comunales vecinos tienen lógicas excluyentes. 

—Tal cual, porque la comunidad y el territorio son la negación de lo universal. La gente comienza a organizarse en el territorio y a competir. Me contaron una experiencia de una comuna en Caracas que tenía cerca de 30 consejos comunales, en la que llega Barrio Nuevo, Barrio Tricolor con una cantidad de recursos, y entonces 10 consejos comunales deciden excluir a todos los demás porque así les rendía más el dinero. La lógica territorial y las políticas focalizadas terminan siendo consistentes entre sí, fragmentarias y no universales. Por eso una clave importante del Movimiento Pobladores es no pensar el territorio como gueto, una reconstrucción del espacio comunitario como arcadia bucólica, sino más bien la disputa por la ciudad. Una ciudad democrática, en la que no haya demasiadas diferencias entre un barrio de La Vega, de Colinas de Bello Monte o de la Alta Florida. Disputar la ciudad igualitaria, incluyente.

Si juntamos los antecedentes de cómo se distribuyó, desde la lógica de la rentabilidad y la exclusión, con este proceso de fragmentación, Caracas parece condenada a ser sumatoria de guetos. ¿Cómo dar el paso hacia esa ciudad republicana?

—Creo que es un tema lleno de claroscuros. Ya la dinámica de exclusión más dramática no es en Caracas, sino en Los Valles del Tuy, que es su gran depósito de gente. Una exclusión urbana que se superpone a la exclusión social, donde hay más desempleo y mayores niveles de violencia. Pero al mismo tiempo hay signos interesantes, como la reocupación de la ciudad. Contradiciendo el discurso inicial de este gobierno, con muchas incongruencias y desatinos, se entiende la importancia de repoblar Caracas, que es el caso de la Gran Misión Vivienda Venezuela, que da al traste con el mito de que tenemos una ciudad sobrepoblada. Caracas lo que está es mal poblada, y lo peor es que tiende a despoblarse. Hay zonas de Caracas que tienen una densidad casi de aldea. Este repoblamiento se hizo desde una lógica de enclaves, donde la gente pudiera tener acceso a servicios. Luego se podría hablar de si estos servicios colapsan o no colapsan.

La crítica más importante a la GMVV es haber desarrollado vivienda y no ciudad.

—Eso lo puedo suscribir, pero creo que no desmerece lo otro. Lo que ocurre es que son urbanismos muy feos, muy densificados, que suelen generar problemas de mantenimiento, de violencia. Un amigo arquitecto dice que “los pobres también tienen derecho a la belleza”. Pero hacer urbanismos en la avenida Libertador, con acceso a los servicios, es menos dramático que hacerlos en Los Valles del Tuy. Creo que ha sido interesante el interés en los municipios por revitalizar los espacios públicos, como los que se han hecho en Chacao y en el centro de Caracas, pero es importante pensar políticamente la ciudad, como un espacio democrático, incluyente. Eso supera las políticas urbanas, es un asunto de políticas sociales. El balance es de avances y retrocesos. No es posible pensar una sociedad más justa sin pensar una ciudad más justa.

¿Por qué no es posible?

—La forma como se organiza la ciudad es tan importante para la estructura social como el acceso al empleo. Inclusive: marca el acceso al empleo. La gente que vive en los barrios, y sobre todo en las nuevas periferias, tienen peores condiciones para lograr inclusión social. No es que vivir en el barrio sea un signo de exclusión social, sino que acentúa la exclusión social porque ser pobre es caro: el pasaje, los productos de la bodeguita, los gastos en salud. Las viviendas en los barrios, por metro cuadrado de construcción, son las más caras de la ciudad. No solo es una marca de exclusión, sino que la perpetúa. Una ciudad justa es una condición para una sociedad justa.

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Foto: Mauricio López

La economía informal parece acentuar la dinámica de la exclusión, se sostiene en el tiempo bajo la lógica de la supervivencia.

—Durante mucho tiempo hubo acoplamiento entre residencia y espacio laboral. La gente de La Vega trabajaba en Cementos La Vega. Las familias de La Yaguara trabajaban en las textileras de Palo Grande, en San Martín. Los barrios crecieron cerca de la fuente de trabajo. En el barrio Las Mayas todo el mundo sabe de caballos, porque es la gente que construyó el Hipódromo La Rinconada. Cuando había carreras se colocaban en un plan alto del barrio para ver las carreras como si fuese un palco presidencial, con binoculares, sonando los dedos, apostando en vivo. Ahora hay un desacoplamiento entre el mundo residencial y el laboral, y eso hace que la informalidad encuentre en el barrio una oportunidad de negocios importante, a veces con prácticas de sobrevivencia individual, a veces con prácticas más organizadas de exacción de renta. Incluso de capitales legales: hay gente que tiene hasta 200 casas en barrios. Hay un inmenso mercado inmobiliario informal en los barrios, absolutamente desregulado.

Lo que termina ocurriendo en Caracas y América Latina es que el trabajo formal tiende a extinguirse y comienza a aparecer un trabajo informal muy vinculado al territorio. Por esta vía pueden entenderse muchas actividades ilícitas e ilegales, que encuentran en el barrio un espacio más rentable. Desde la venta de bombonas de gas, que es un drama, hasta negocios invisibles como el de las “cableras piratas”, que se roban la señal y la reenvían. Te sorprenderías de la cantidad que existe. Sin contar las experiencias organizadas de gente que tiene sus propias cableras, como comunicación alternativa, que hay experiencias bonitas al respecto. La exclusión termina siendo un negocio. 

Dijiste: “hay que pensar políticamente la ciudad”, eso sugiere que no lo estamos haciendo. Las nuevas viviendas en la avenida Bolívar, que siempre estimamos necesarias, no han revitalizado la avenida, ni se conectan con los equipamientos culturales preexistentes. Por el contrario, estos parecen encerrarse en sí mismos. De hecho, muchas nuevas viviendas llegan con su muro, negando contacto con el contexto. No estamos pensando políticamente la ciudad en los tiempos en que más se han politizado los ciudadanos. 

—Un problema fundamental es el gobierno de la ciudad. En términos administrativos coexisten cinco municipios, más una Alcaldía Metropolitana, figura anómala que nunca funcionó, está el Gobierno de Miranda, el gobierno agregó el Gobierno del Distrito Capital y otros entes. La institucionalidad de la ciudad está absolutamente quebrada. Pero en realidad me refiero a gobernabilidad en relación con la necesidad de que los ciudadanos podamos definir y gobernar la ciudad. Un geógrafo inglés, David Harvey, profesor en la Universidad de Nueva York, dice que es necesario que la gente pueda decidir sobre la ciudad, que es el gran negocio del capital hoy en día, porque produce muchísimo dinero. El PIB en América Latina está marcado por el PIB de sus grandes ciudades. Gobernar la ciudad significa poder decidir cómo crece, cómo se desarrolla, cómo se recaptura ese superávit de la renta urbana e invertirla garantizando espacios públicos, que parecen destinados a desaparecer.

¿Cómo “destinados a desaparecer”?

—Esta plaza (en la avenida Miguel Ángel) está chévere, pero es muy difícil tener un espacio público mayor, porque ¿cuál es la rentabilidad de un espacio como este? Cuando haces una plaza estás sacando ese espacio del mercado inmobiliario. Millones que se pierden porque allí no se construye un centro comercial, por ejemplo.

Eso suponiendo un criterio absolutamente mercantilista del suelo.

—Pero la ciudad termina imponiendo un criterio mercantilista, esa es la tesis de Harvey. Eso tiene contrapeso, porque al mismo tiempo esta plaza revaloriza los negocios, las propiedades, que están alrededor. Pero si hubiese un centro comercial también se revaloriza el suelo, la alcaldía podría capturar más renta. Claro, tendría como consecuencia que no tuviésemos una plaza, y sí una vida más estresada y enajenada. El asunto es: ¿tú y yo podemos decidir sobre eso? No. ¿Si el alcalde decide que aquí se acabó la guachafita y decide dar permisos para construir torres de oficinas y convertir esto en una nueva Manhattan? Hay pocas cosas que afecten tanto la vida colectiva como las decisiones que se toman sobre la ciudad.  

¿Cómo podemos los ciudadanos garantizar esa participación, sobre la existencia de una plaza? ¿Conociendo claramente los programas de gobierno antes de elegir las autoridades?

—Por ejemplo, ahí se plantea la necesidad de formas de participación democrática, que no existen. Los consejos comunales y las comunas tienen que pensar el problema del territorio, pero no solo el inmediato, sino el circunvecino, porque el territorio de la ciudad me afecta a mí, a mi comunidad. ¿Por qué llega el Ministerio de Vivienda y mejora diez casas de un consejo comunal, que por cierto genera fracturas internas porque, cómo se decide cuáles son esas diez casas? ¿Por qué mejor no planteamos la discusión de las políticas de vivienda del gobierno, para buscar políticas menos focales y más universales?

¿Avanzamos en estos años en relación con ese tema?

—De nuevo la respuesta es en claroscuro, hubo avances con la aparición de movimientos que se preocupan por el desarrollo urbano, y una sensibilidad que no existía antes, la presencia de organizaciones territoriales, pero aún la ciudad es un debate público pendiente entre los ciudadanos. Cuando abrieron la estación de Bello Monte, en vez de ser razón de regocijo, de disfrute e incluso de revalorización de la propiedad, algunos vecinos lo que pensaban era “ahora van a venir un poco de niches, bachaqueros y malandros a comprar en el Central Madeirense”. Ese momento coincide con la aparición de los linchamientos. No se trata de abrir una plaza o una estación de metro, sino de tener una política para desmontar la fragmentación y la exclusión simbólica, pensar la ciudad como conjunto. 

Una ventaja comparativa que siempre tienen los pobres es, como me decía una señora en el barrio: “ellos no saben cómo vivimos nosotros, porque nunca han venido para acá, piensan que todos somos ladrones, malandros, en cambio nosotros todos los días tenemos que ir para allá, los conocemos, no les tenemos miedo, no les tenemos odio, cuidamos sus hijos, limpiamos sus casas, trabajamos en sus jardines, no son monstruos, son gente que conocemos”. Tenemos necesidad de encontrarnos, de construir espacios colectivos para pensar la ciudad, porque en efecto las dinámicas que hacen que en este lado de la ciudad el tráfico sea invivible, que una familia de inquilinos después de 30 años sea desalojado de un apartamento, que otra de clase media no pueda comprar apartamento o ni siquiera pagar el condominio, son más o menos las mismas y tienen que ver con las mismas causas estructurales que hacen que a un señor en el barrio se le caiga la casa o no tenga agua potable.

A la gran fuente de la violencia urbana que es la exclusión territorializada, le estamos sumando la fragmentación, que ni siquiera es entre clases sociales, sino entre vecinos de una urbanización o de sectores de un barrio. ¿Esa fragmentación nos ha traído otro tipo de violencia en la ciudad, como el caso de los linchamientos?

—La violencia siempre es múltiple. El caso de los linchamientos tiene que ver con un fenómeno: normalmente las que ejercen violencia colectiva no son comunidades desorganizadas. Los linchamientos no son resultado de una respuesta desesperada a una violencia crónica, asfixiante. Es todo lo contrario. Son comunidades organizadas que de pronto se encuentran con un fenómeno que perciben amenazante. Un acto tan feroz como matar a alguien colectivamente implica cierto grado de eficacia. Pensar que los linchamientos tienen que ver con la falta de respuesta del Estado es simplista. Sin dudas que hay muchísima impunidad y que nuestro sistema penal es muy ineficiente, pero resulta que las víctimas de los linchamientos suelen ser infractores que se involucran en delitos que suelen ser justamente los castigados. Es muy probable que ese que sale corriendo con un teléfono lo termine agarrando la policía, porque son los delitos en los que se concentran. La razón de este tipo de violencia creo que tiene que ver con una profunda intolerancia al otro, con la llegada de gente extraña que perturba la paz. Yo estuve haciendo etnografía con una bachaquera y es quizá la única etnografía en la que me he sentido incómodo.

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Foto: Mauricio López

¿Qué pasó?

—El malandreo que explota el temor de la clase media. Yo acompañé a una señora, que es un pan de dios. Ellas funcionan en redes sociales, que básicamente se llaman por teléfono. Pueden avisarle a 40 personas que hay leche en el Central Madeirense, que llegan y se meten delante de ti en la cola. Cuando la gente decía algo, esta señora respondía: “¿Qué, no te gustó?”. Y ese “¿qué, no te gustó?”, por esa señora morena, flaca, a pesar de que nunca se ha metido con nadie, era suficiente para que todos se quedaran callados.

¿Eso es parte de esa “ventaja comparativa” de la que hablabas antes, ellos no le tienen miedo a la clase media, porque la conocen, pero la clase media sí le tiene miedo?

—Así es, pero es un miedo injusto, porque esta señora es inofensiva. Una negra del barrio, que mete miedo. Es como los muchachos que se montan en las camionetas con el cuento “Yo no quiero matar a nadie, yo no quiero robar, no quiero cometer ningún delito”. Entonces, claro, le ves la cara de malandro y dices, “lo que tú quieras, muchacho”. El miedo termina siendo una herramienta de trabajo. Pero ese mismo miedo, y la presencia de gente pobre tan cerca, es un elemento muy presente en el conflicto político de los últimos años, y para mí es un factor que explica los linchamientos, aunque estos también hayan ocurrido dentro de los barrios por cambios demográficos que se han dado en estos.

Venezuela supone un caso interesante, hay una larga literatura que respalda la idea de que la violencia disminuye cuando disminuye la desigualdad. Podemos discutir la confiabilidad de los indicadores, pero parece haber consenso en que la desigualdad y la pobreza en Venezuela disminuyeron, al menos hasta hace unos pocos años, sin embargo la violencia ha seguido creciendo. Tengo la idea de que tiene que ver con que la desigualdad disminuye por políticas sociales redistributivas, focalizadas y no estructuradas. Son políticas que suponen la existencia de ganadores y perdedores. Hay gente que ha visto mejorar sus condiciones de vida de manera significativa en los últimos veinte años, porque están en una misión, porque entraron al mercado laboral formal, sobre todo adultos mayores que habían perdido sus trabajos en la década del 90, mientras hay sectores que se quedan rezagados, fundamentalmente jóvenes de los barrios. Y estos son los sujetos de la violencia, como víctimas y como victimarios. Y la violencia se convierte en un mecanismo de gestión de “capitales precarios”. Como el capital cultural: el tipo que sabe malandrear sobrevive y hasta puede tener ventajas económicas. El que sabe ejercer violencia puede ser reclutado por redes organizadas.

Explícate un poco más.

—La violencia te da rostro, porque la exclusión es justamente no tener rostro. Eso de “tener rostro” es un bello pero feroz signo de la violencia. Una violencia expresiva en la búsqueda de reconocimiento y reputación, justo de aquellos socialmente negados e invisibilizados. La violencia es una forma de insurgencia, absolutamente espuria, dramática. Nosotros estamos entrevistando a jóvenes vinculados a homicidios, y una de las cosas que hablan es que la violencia les permite “brillar”. De la opacidad de la exclusión a la metáfora del “tú brillas”. Pero brillan como estrellas fugaces, porque saben que van a morir por brillar mucho, a manos de otros delincuentes o de los policías.

La exclusión social se duplica con la exclusión institucional. Las políticas punitivas han venido creciendo en los últimos siete años, más en los últimos cinco años, es violencia institucional contra los pobres. Ha crecido la población carcelaria, que pasó de 20.000 en 2008 probablemente a 100.000 en este momento, si contamos los que están en centros de detención policial. Aumentan las muertes a manos de las policías en los últimos años de manera atroz, en el 2016 hubo más de 4000. Eso es una política de exterminio, una guerra. Esta exclusión del derecho, es esquizoide: al barrio en el que yo estoy nunca va la policía, y si va, va a dos cosas: matraquear o asesinar.

Esta ausencia permite que se reproduzca la lógica de “autoprotección” en manos de bandas criminales, que “protegen” a la gente en su territorio, y los que osan delinquir dentro de este lo pagan caro.  

—Es justamente lo que termina ocurriendo. Esta exclusión institucional, donde no hay una presencia legítima del Estado, que proteja, regule y controle, termina permitiendo una segunda operación de la violencia, que no es una forma de acreditar a sujetos excluidos, sino la instalación de soberanías criminales en los territorios, que es lo que sucede en las cárceles por razones parecidas, porque allí el Estado normalmente no está presente, se vuelve ilegítimo, y cuando está lo hace a través del abuso y el maltrato. La violencia termina disputándole al Estado la soberanía.

Es un fenómeno que ha ocurrido en toda América Latina, como las maras, en Centroamérica, las “facciones criminales”, en Brasil. La gente lo percibe como una incomodidad, pero lo asume como preferible a la violencia de la policía. El barrio donde yo estoy trabajando era una “zona de paz”, sin embargo, venía la policía a cobrar “su multa”, le quitaban dinero a los malandros, hasta que un día los malandros se cansaron y sacaron a plomo a la policía. Y me decía uno: “ahora somos nosotros los que mandamos, aquí no va a venir la policía a hacer estropicios”.

Todo lo que cuentas va llevándonos al atolladero: Estado ausente, el miedo como herramienta de la violencia, incluso de la política. Parece quedar claro que hay que romper esa fragmentación y la idea de los territorios, donde además la mayoría no es violenta, sino que padece la violencia de una minoría. ¿Ves forma de “entrarle” a esto? ¿Un cambio se gesta desde adentro de esos territorios?

—La violencia es parte de un repertorio cultural que todos tenemos a mano. Sin dudas que en el barrio hay gente muy violenta, pero hay casos en que en la autopista del Este te atraviesas en el canal de alguien y pueden sacarte una pistola, o en una discoteca. En el barrio la gente ha vivido la violencia, y no hay simpatía con la violencia, porque la gente la padece, sabe el dolor que significa.

¿Para que esa violencia disminuya debe haber presencia del Estado y darse un proceso de desterritorialización?

—La violencia tiene que ver con la exclusión social y del Estado. Y también tiene que ver con la inclusión en redes, mercados y formas de economía ilícitas, que terminan siendo muy rentables. El tema de la exclusión social no está para nada resuelto, menos aún en los últimos años. Hay que insistir en el estado de derecho, formas de resolución de conflictos que enfrenten tanto la impunidad como el abuso policial. La certidumbre del castigo, castigos efectivos. Mejora del sistema penitenciario, de las policías, que tienen una responsabilidad directa en la violencia. A mayor violencia policial, mayor violencia social. Insistir en la inclusión: el desempleo juvenil duplica el desempleo general. En el barrio esta situación es mucho más aplastante. En este barrio donde estoy trabajando, los únicos muchachos que se salvaron de toda una generación, los que no están ni muertos, ni presos, ni huyendo, son cuatro muchachos que consiguieron trabajo. 

Cuéntanos en detalle.

—Uno, al que le conseguí trabajo en un almacén, me lo explicó hace tiempo de manera muy teatral: “pienso que voy a comprarme unos zapatos, comprar un vestidito a la pure, voy a llevar a la jeva a comer a Las Mercedes, si me queda algo voy a poner la cuota para la moto, y cuando abro el sobre lo que hay son cuatro mil bolívares, ¡coño de la madre, cuatro mil bolívares! Quince días cargando cajas por cuatro mil bolívares. ¡Eso me lo ganaba yo tirando un quieto por un celular en cinco minutos!”. El chamo se quedó pensando y dijo: “Claro, así como me los ganaba en cinco minutos, me los gastaba en tres, no me quedaba nada. Ahora sé que tengo que ahorrar, que en las vacaciones me dan un poquito más, mi familia está contenta, mi mamá está relajada, puedo llegar tranquilo al barrio”. El trabajo, como forma de inclusión, no es un problema de tener o no tener dinero, sino darte perspectiva de vida, proyecto, estructura. Es una idea de darte valor, de pensar en el futuro. 

Este muchacho, por cierto, consiguió trabajo en su cumpleaños 28. Ese día estaba con una pistola, bebiendo, porque era un malandro fanfarrón. Y al día siguiente me llamó llorando: “Coño, Andrés, me llamaron para el trabajo”, y yo le respondí “¡qué bueno!”, y él me dice “no, me quieren hacer una entrevista, ¿qué voy a decir yo en esa entrevista?, ¡yo no voy a ir!”, y yo le dije: “¿tú no estabas echando tiros ayer, y ahora estás llorando por una entrevista?”. Su rollo era: “¿qué me van a preguntar en esa entrevista? Yo nunca he estudiado”. Él se podía haber enfrentado con la policía y no sentir tanto miedo como en una entrevista que estaba fuera de sus medios, no tenía capital cultural para enfrentar esto, estaba en completa desventaja. 

Esos son muchachos que no salen a la ciudad, porque la consideran hostil, porque le tienen miedo. Intentamos hacer un programa de formación con el Inces, pero les daba miedo porque nunca habían salido del sitio, por la banda rival, por la policía. No tenían dinero para pagar el pasaje, pero sobre todo porque no conocían la ciudad. Esto era en el Cementerio, y el Inces queda en la Nueva Granada, a cinco cuadras, pero no sabían cómo ir hasta allá.

Foto: Mauricio López

El barrio es opaco, incluso inexistente, para el resto de la ciudad. Tú que viviste en La Vega, ¿la gente cree que es importante que su espacio habitual sea visitado por otros? ¿Forma parte de sus deseos? ¿Políticamente, creen que el barrio es un insumo más para la ciudad?

—No es una respuesta fácil, en principio porque el barrio no se siente parte de la ciudad. La gente dice: “voy a Caracas”. Porque el barrio es, como dice un amigo, “la insurgencia de lo rural en la ciudad”. El barrio es un mundo muy rural que se ve ajeno a la ciudad, que además no es muy homogéneo. No es que no quiera vivir en la ciudad, es que no se imagina viviendo en un apartamento, sin poder sacar unas sillas y sin poder caminar por el medio de la calle, sin poder sembrar ni tener sus animales. La historia de los barrios está llena de gente a la que le adjudicaron un apartamento y luego se devolvieron.

¿Después de la consolidación del barrio sigue existiendo ese mito del espacio que no debe ser vulnerado?

—Los barrios son profundamente pacíficos. Es falsa la idea que se tiene de que está convulsionado permanentemente por la violencia, que la gente tiene miedo y se encierra temprano. A las 10 de la noche la gente está en la calle. Claro, eso convive con una violencia atroz, porque de pronto hay un tiroteo y hay dos muertos. Sin negar la existencia y atrocidad de la violencia, en el barrio no se vive un estado de sitio permanente. La violencia se ha vuelto cada vez más exasperante, es cierto, y mucha gente quiere irse del barrio, porque es un proceso de quiebre muy importante. Durante mucho tiempo se hicieron grandes inversiones en mejoramiento de barrios, pero se desplazaron hacia el tema de la Misión Vivienda en los últimos cinco años, y se abandonó la inversión en el barrio, porque no es rentable ni económica ni políticamente. Es muy costosa, y deja pocas oportunidades para negocios turbios. 

¿Debe abrirse el barrio a la ciudad? El barrio ha exportado al resto de la ciudad sus modos a muchos lugares.

—En el barrio hay una idea de la hospitalidad, aunque hay una reproducción de la segregación. También hay una afirmación romántica del barrio, y no es ni una cosa ni la otra. Pero sí hay una apertura. Creo que es una tensión interesante, porque al mismo tiempo hay que pensar ¿qué es ciudad? Las ideas de homogeneización no son bien recibidas por la gente, porque hay una comunidad y un espacio indentitario muy arraigado, que la gente no está dispuesta a perder. No es una identidad simbólica, sino social, de pertenencia a una intensa vida comunitaria.

Para que se dé esa hospitalidad, de alguna manera tiene que darse una negociación en cuanto a su carácter espacial, de conexión con el resto de la ciudad, que permita universalizar el barrio.

—Hay una tensión permanente entre lo local y lo universal. Entre la ciudad y el barrio, que seguramente nunca se resuelve. Una de las cosas que muchas veces imponen los proyectos de habilitación física de barrios es abrir una vialidad. No lo invento, eso se planteó en la calle Independencia, donde yo vivía, que era ciega. Se planteaban sacar casas, conectar por aquí y por allá, y la gente se horrorizaba, no tanto por la salida de las casas, sino por la transformación de la calle, que en el barrio tiene un carácter de espacio semipúblico. La gente no le interesa la calle para circular en un carro, ese no es el problema. Es la calle donde me encuentro con el otro y marca nuestra identidad. Hay que pensar bien lo local con lo universal.

Insistir tanto en el tema identitario también es un riesgo.

—Sí, hay que abrirlo, pero es una forma de sobrevivencia.

¿De resistencia?

—También. Pero siempre tiene que ver con la economía: en mi barrio, la mayoría de la gente trabajaba en Ipostel, que quedaba cerca, por Artigas. Alguien en algún momento entró a trabajar allí y fue llevando gente. Todos eran carteros. Son una forma de sobrevivencia. Una señora alguna vez me dijo: “si no tengo qué comer, mi vecino me ayuda, si estoy enferma, me cuida mi comadre, si se me enferma el carajito, me lo cuida alguien… al pobre no le falta nada, lo que pasa es que no puede hacer lo que le da la gana”. En el fondo lo que le falta es poder. La gente estima mucho la vida en el barrio, por eso la idea de eliminar al barrio muchas veces ha fracasado. Lo que hay que desactivar son las dinámicas de exclusión: para que la gente pueda elegir vivir en una zona como La Vega o en una como Bello Monte, pero que no se niegue esta posibilidad porque hay violencia en una o porque no se puede pagar en otra.  

 

 

Esta entrevista fue publicada por primera vez el 23 de agosto de 2017 en el portal Prodavinci con el apoyo de la Fundación para la Cultura Urbana.

 

 

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