Plaza Sucre (Catia I)

Entre Colombia y Argentina, una plaza

  • Texto: Leoncio Barrios
  • Fotos: Nelson González Leal y Eduardo Rodríguez

Reportar la transición del día a la noche en Catia implica tener idea de lo que es el regreso a casa de miles de miles de personas habitantes de esa poblada zona caraqueña, la mayoría de las cuales lo hacen en transporte público, particularmente, en el metro.

El trayecto entre plaza Venezuela y plaza Sucre en la “hora pico” de regreso (5:00 a 5:30 pm) es enfrentar el desorden, la arbitrariedad y la violencia de la que se hace la cotidianidad de los usuarios de transporte público en Caracas, en donde se somete a los usuarios a las más viles situaciones.

Después de una media hora de trayecto en la que los empujones, insultos, gritos, las esperas, el calor y el sopor han sido acompañantes permanentes durante el viaje, un tropel de gente me obliga a salir del tren pero no hacia donde me conducen mis pasos sino hacia donde me empujan.

Retomado el equilibrio, me dirijo a la escalera mecánica que por azar tengo muy cerca y no está repleta de gente todavía. Sin embargo, al tratar de tomarla, un hombre se lanza sobre mí para pasar primero, no me caigo porque el lateral de la escalera me sostiene. Mi reacción hacia el atropellador fue casi cordial: “oiga, amigo, más cuidado”. Probable, el hombre estaba esperando un empujón en mi defensa o un insulto, lo que es usual en esas escenas. Quizás, el no haberlo recibido sino un extraño gesto casi amable, lo hace reaccionar y dice: “coño, pana, es que así es cuando uno está encanao”. Entendí: has llegado a un mundo distinto al tuyo, aprende a moverte como nos movemos los que vivimos aquí. Sentí una alerta sobre la hostilidad que vendría.

El sentimiento de cierto temor que me produjo la alerta del atropellador, empezó a disiparse tan pronto puse un pie en el bulevar de Catia, donde desembocan las salidas del metro. Cercanas las 6:00 pm ese lugar es un bululú de gente de todas las edades, caminado en todos los sentidos, en diferentes quehaceres: niños jugando, adolescentes y jóvenes “manguareando”, algunos “bachaqueando”, mujeres y hombres conversando o comprando en las muchas ventas ambulantes de alimentos y víveres entre las cuales predominan las de cigarrillos detallados y fósforos. Sorprende que con la crisis de dinero efectivo en el país los consumidores no necesitan de punto de venta. Se ven los billetes.

Por el bulevar hay quienes llevan bolsas con pan recién comprado. Casi todos lo pican con las manos y van comendo mientras caminan. La picadera de pan en las calles parece ser el nuevo deporte nacional. El ambiente es de algarabía y vecindad. Nada de las tensiones percibidas en el subsuelo.

A las 6:00 pm de un viernes, la plaza Sucre, también llamada plaza Catia, es lugar de encuentro entre parroquianos que departen en unos asientos circulares construidos alrededor de los árboles. En las aceras cercanas mucha gente comprando en las panaderías y diversas ventas de alimentos antes de seguir a sus casas. En las calles, tráfico lento por el volumen de vehículos entre los cuales predominan los jeeps y mototaxis como transporte público hacia zonas distantes.

Un automóvil, Valiant rojo, modelo años 70, se abre paso entre los demás, cuatro hombres cincuentones se pasan una botella de licor de la que beben a “pico de botella”, incluido el conductor. El equipo de sonido a todo volumen. Una banda de rock nacional, famosa en los setenta, Los 007, interpreta Detén la noche: “Para la feeeelicidad detén el tiempo en tus manos”. El tiempo parece detenido como el tráfico en ese momento. Los ocupantes del Valiant rojo de la discoteca rodante tararean la canción en coro. Yo, también desde la acera. Me ofrecen un trago pero el trabajo me lo impide, o más sinceramente, el tráfico.

Detén la noche suena cuando apenas comienza en Catia la fiesta del viernes por la noche.

El ambiente relajado, festivo hasta ahora observado se prolonga e incrementa con el pasar las horas en la plaza Sucre y sus alrededores.

Por la calle México los comercios empiezan a cerrar, los kioscos y vendedores ambulantes a recoger. Un local sin aviso en puerta, ni ningún aviso que indica qué se ofrece allí, atrae a gente de todas las edades, hombres y mujeres, que ascienden por las escaleras que conducen a una puerta de madera. Desde la calle se ve cerrada y no se capta qué hay detrás de ella. Pudiera ser un prostíbulo pero la entrada de un adolescente y la salida de tres muchachas con franela de liceístas, me prende la luz roja, la de alarma. Indago a comerciantes de la cercanía. Su poca receptividad, aumenta mi curiosidad. Una buhonera me dice: “un centro de apuestas” y sigue guardando su mercancía en una caja. Obvio que algo irregular pasa en ese enigmático establecimiento visitado por adultos y adolescentes.

En este extremo de la calle Colombia hay pocos comerciantes ambulantes en comparación a las otras calles de los alrededores. En la esquina con la plaza está el Teatro Bolívar que funciona durante el día como centro de enseñanza y los fines de semana presentan eventos. Ese viernes, entre 6 y 8 pm, diez niñas recibían clases de danza a cargo de un instructor, el único varón del grupo. No había representantes por los alrededores como ocurriría en otros lugares de la ciudad. A la salida, las niñas se fueron en pequeñ pero usurpado por los seguiodrs       os grupos y el instructor quedó conversando, en la puerta del teatro, con amigos.

A las 6:30 pm, en la parte oeste de la plaza, donde termina la calle Colombia, vendedores de un mercado de calle recogen sus víveres y ese espacio, rápidamente, es intervenido por los miembros de una iglesia evangélica que se disponen a iniciar un evento a las 7:00 pm. Una iglesia al aire libre. Ese es un modelo de espacio público multiuso pero usurpado (¿o será que privatizaron ese espacio y lo alquilan?) por los seguidores de una iglesia con su música y prédicas sobre las amenazas del castigo más allá, cuando nos llegue la muerte.

Las actividades religiosas en esa esquina contrastaban con la religiosidad con la que los habitués de la calle Argentina, la calle de la fiesta, celebran la vida sin mucho temor a la muerte. Desde el cruce de la calle Los Magallanes, hasta tres cuadras más abajo, las tertulias y el consumo de alcohol se dan sobre la calle, al frente de los locales que los expenden, sean bares o licorerías. Violan el reglamento de consumo de bebidas alcohólicas en la vía pública pero la resguardan. Por allí circulé varias veces, entre las 6:30 y 8:30 y no presencié violencia, solo camaradería y seguridad por el hecho de las calles con gente. Uno de los bebedores en la acera me dice: “Esto es así todos los días, no crea que porque es viernes, usted viene el miércoles y así está, viene el domingo y así está. Esta es la calle de la fiesta”.

Al día siguiente, sábado, confirmé lo dicho por el bebedor informante sobre la dinámica de la noche temprana en la calle Argentina que según los lugareños se prolonga hasta la madrugada, 2:00 am, más o menos.

El ambiente de fiesta no solo lo dan los bares y licorerías de los alrededores de la plaza Sucre sino las numerosas barberías y peluquerías unisex de esas calles. Allí no solo se corta pelo, se colocan uñas, se depilan cejas (mujeres y hombres) y otros acicalamientos, sino que se escucha vallenato y reguetón, y en algunas se baila. Son las barberdisc. En una de las más sofisticadas hay un monitor con discplay. Entre 6:00 y 8:00 pm hay muchos clientes en esos sitios.

En una de las barberdisc tienen en la pared una bandera de Colombia y el sonido de la tijera es apagado por las cornetas del equipo del reproductor donde suena un vallenato. Dos hombres que no parecen clientes sino amigos de los barberos, pues ha estado allí desde la primera vez que se observó ese lugar temprano esa noche, bailan con los brazos extendidos sobre la otra espalda, uno al lado del otro, no frente a frente. Al verse observados no se intimidan pero uno me aclara cualquier confusión que yo pueda tener: “como cuando uno está en el penal”.

Ese ambiente de disfrute y complacencia del cuerpo de las barberdisc contrasta con la deprimente escena de los contenedores de basura ubicados en la acera de enfrente, en el cruce de las calles Argentina y Los Magallanes. Allí, unos hombres de varias edades, niños y perros hurgan la basura desparramada sobre la acera (indicador de que la recolecta hace rato que no se realiza) en busca de comida. Algunos la colocan en bolsas, otros, sobre todo, los más pequeños optan por comer allí mismo cerca de donde dos hombres orinan y, muy posiblemente, esos orines corren hacia donde los niños y perros encuentran lo que comen.

Sin embargo, eso es como una isla en el ambiente de jolgorio que predomina en la zona y se mantiene hasta después de las 8:00, no solo en la calle Argentina sino en el bulevar donde siguen varios vendedores de víveres y ahora de comida preparada. Además de los vendedores ambulantes de café, pasa uno que ofrece infusiones: malojillo, agua de Jamaica, y otro, un emprendedor que responde a la época y las necesidades de los lugareños: vende chupitos (shots) de ron en un vaso plástico de los de café pequeño. Lo pagas, te lo bebes de un solo trago y sigues.

Al final del bulevar, cerca de la plaza, han instalado un monitor los cultores del vallenato, particularmente, de Diomedes Díaz, a quien veneran. La música invade el espacio.

En la plaza siguen parroquianos conversando, parejas fogosas. La policía acantonada en el módulo de una esquina y desplazándose en jeeps y motos por los alrededores. Un joven nos dice: “esto no era así (se refiere a la plaza). Hasta hace como dos años esto era oscuro y abandonado, no podías moverte porque te agarraban los malandros pero desde que llegaron ellos (señala a los policías) e iluminaron esto, uno puede venir y yo ahora me voy tranquilo a mi casa por aquí pa’bajo, (señala hacia el bulevar), como a tres cuadras”. Sobre comercio sexual en la plazo o cercanías, dice: “si quieres eso tienes que irte por los lados del Nuevo Circo, por aquí no”.

Las palabras del joven dan luz acerca de porqué ese lugar de Catia, una zona temida, estigmatizada por quienes no la conocen, resulta lo contrario. La presencia de vigilantes e iluminación invitan a salir y compartir en la calle como se ha visto esa noche. Claro, Catia es muy grande, con muchos sectores.

 

Con la sensación de seguridad que el joven tiene de su zona, me dirijo hacia el metro cerca de las 9:00 pm. A pesar de la hora y que ha disminuido la presencia de gente no siento el temor a la calle que he sentido en otras calles de la ciudad durante estas observaciones como en Las Mercedes o Los Palos Grandes.

En el bulevar ya hay pocos transeúntes junto a algunos vendedores ambulantes de café, cigarrillos y fósforos. En la esquina del vallenato hay varias personas oyendo su música y bebiendo alcohol.

En el andén del metro poca gente. Algunos con efectos evidentes del alcohol. La dinámica es muy diferente a la de tres horas antes. En el vagón me llama la atención algunas mujeres que ya estaban allí, otra entró conmigo al tren y en la próxima estación, entraron dos. Tienen un perfil semejante: muy jóvenes, muy maquilladas y vestuario muy cuidado como los zapatos y el peinado. Destacaban por lo arregladas, lo jóvenes y bonitas. No tienen la huella de un final de jornada por lo que contrastaban con casi todos los demás viajantes en ese vagón donde el agotamiento en el rostro era la característica. Además, dos de ellas hacían gala de su sofisticado teléfono móvil contrario a lo que se recomienda no debe hacerse en el metro caraqueño. Descendieron en las estaciones antes de Capitolio donde se quedó la última. Iban relajadas, con aspecto alegre como la extensión de lo observado esa noche en Catia.

 

LB/junio 2018